Intervención del P. Antonio Diodati, OMI, en el Encuentro de la Misión con los jóvenes y las vocaciones de la Provincia Mediterránea
Marino, 19 de septiembre de 2026
Me gustaría empezar con una pregunta: ¿Conocemos de verdad a los jóvenes con los que trabajamos?
No me refiero solo al joven que viene los viernes al grupo, que participa en un encuentro o que se inscribe en el campamento. Me refiero al joven que vuelve a casa después de la actividad. Al joven que se queda solo con su móvil. Al que quizá esté pasando por una semana difícil y nadie lo sepa. Al que sonríe, participa, parece estar bien… pero por dentro no lo está.
Y quiero partir precisamente de aquí, porque la realidad que tenemos ante nosotros nos obliga a hacernos algunas preguntas.
1. El grito silencioso
Tenemos un dato muy contundente: según los últimos datos definitivos del INE de 2024, en España se quitaron la vida 3.953 personas.
Y hay un dato que, para nosotros como misioneros con los jóvenes, debería hacernos parar a pensar: entre los jóvenes de 15 a 29 años, el suicidio fue la primera causa de muerte. Por encima de los accidentes de tráfico y del cáncer.
Pero me gustaría que hiciéramos un pequeño ejercicio.
No pensemos ahora en 3.953.
Pensemos en uno. Un joven. Con un nombre. Con una familia. Con amigos. Con una historia. Con sueños.
Y preguntémonos: ¿cuántas veces hemos tenido delante a un joven que estaba sufriendo y no nos hemos dado cuenta?
Porque detrás de esta cifra no hay un capricho, hay heridas.
Y aquí voy a señalar tres que me parecen especialmente importantes.
La primera: la soledad hiperconectada.
Estamos conectados constantemente… pero eso no significa necesariamente que estemos acompañados.
Podemos tener cientos de contactos y, al mismo tiempo, no tener a nadie a quien llamar cuando realmente nos sentimos mal.
La segunda: la presión de tener que ser felices.
Tenemos que estar bien. Tenemos que divertirnos. Tenemos que disfrutar de la vida. Tenemos que aparentar que todo va bien.
Y cuando algo no va bien, muchas veces pensamos que el problema somos nosotros.
Y la tercera: la falta de espacios seguros para hablar.
Creo que, como Iglesia, tenemos una pregunta muy concreta: ¿tienen nuestros jóvenes un lugar donde poder decir que no se encuentran bien? ¿Un lugar donde poder hablar sin miedo? ¿Sin ser juzgados de inmediato? ¿Sin que todo lo que digan se convierta enseguida en un problema espiritual?
Porque hay una frase que para mí es fundamental: «No se puede prevenir lo que no se conoce».
Y si no sabemos lo que viven nuestros jóvenes, difícilmente podremos acompañarlos.
2. Entonces… ¿cuál es nuestra misión?
Aquí entramos en la segunda parte: la clave misionera.
San Eugenio quería que fuéramos «especialistas en misiones difíciles».
Y entonces me pregunto: ¿hay hoy en día una misión más difícil que devolver la esperanza a un joven que piensa que su vida no tiene valor?
Porque quizá esta sea una de nuestras misiones. No solo conseguir que el joven venga a la iglesia, no solo conseguir que participe en nuestras actividades, no solo llenar nuestros grupos.
¿Qué estamos haciendo para que ese joven vuelva a creer que su vida merece la pena?
Nuestra misión es evangelizar a los más abandonados.
Y quizá debamos preguntarnos quiénes son hoy esos «más abandonados». Porque quizá no siempre sean los que están físicamente alejados de la Iglesia. Quizá estén mucho más cerca, estén sentados en nuestras escuelas, formen parte de nuestros grupos, participen incluso en nuestras actividades, y nadie sepa lo que llevan dentro.
Por eso, «hoy, la urgencia de la Iglesia en España es la salud mental y el sentido de la vida».
Esto no significa dejar de anunciar el Evangelio, sino todo lo contrario.
Significa preguntarnos cómo anunciamos el Evangelio a un joven que está sufriendo. Quizá antes de hablar tengamos que aprender a escuchar; antes de enseñar, tengamos que aprender a acompañar; antes de pedirle que venga a la Iglesia, tengamos que preguntarnos si la Iglesia es para él un lugar en el que pueda sentirse acogido tal y como es.
3. Y, concretamente… ¿qué hacemos?
Llegamos así a la tercera parte: la misión en la práctica.
Porque es muy fácil hablar de la realidad juvenil, pero ¿qué estamos haciendo nosotros?
En Madrid tenemos seis grupos de jóvenes que se reúnen los viernes, encuentros y convivencias locales y nacionales, el campamento de verano, la Fiesta de la Luz, la Fiesta de Año Nuevo…
También tenemos la pastoral del colegio Santa Gema Galgani: celebraciones, confesiones, escucha, Domund, Semana Vocacional…
En definitiva: hay una presencia, y la presencia es fundamental.
Porque muchas veces la misión empieza simplemente por estar: estar cuando llega el joven. Estar cuando se va. Estar cuando hace una pregunta. Estar incluso cuando no quiere hablar.
Luego tenemos Málaga: un grupo de adolescentes y jóvenes, la atención pastoral en los colegios El Monte y Sagrado Corazón y diversas experiencias: Senegal, el Camino de Santiago, la Jornada Mundial de la Juventud, el Jubileo, Lourdes…
Y también tenemos AMMI Joven Nacional, donde encontramos a jóvenes en diferentes momentos: algunos están en proceso de discernimiento vocacional, otros están saliendo de esta etapa.
Todo esto nos muestra una cosa: no existe un único camino para llegar a un joven.
Hay jóvenes que llegan a través de un grupo, otros a través de un colegio, otros a través de una experiencia misionera, otros a través de una peregrinación, otros aún a través de una búsqueda vocacional. Y otros quizá llegan simplemente porque, un día, necesitan hablar con alguien.
Por eso necesitamos una pastoral capaz de ofrecer diferentes puertas de acceso.
4. Y entonces… ¿qué significa ser misioneros con los jóvenes?
Nuestra misión como Oblatos con los jóvenes es: no darles otra teoría.
Porque de teorías ya tienen muchas. De información tienen muchísima.
Vídeos, redes sociales, influencers, discursos, opiniones…
Quizá lo que necesitan no es otra teoría.
Necesitan personas.
Necesitan relaciones.
Necesitan una comunidad.
«Ofrecerle una comunidad donde su sufrimiento tenga cabida».
Esta frase me parece especialmente importante. ¿Tiene el sufrimiento un lugar en nuestras comunidades? Un joven puede venir a nosotros y decir: «Me siento mal». «Me siento perdido». «No sé qué hacer con mi vida». «Estoy enfadado con Dios». «Ya no me apetece nada».
¿Y podemos simplemente quedarnos ahí? Sin asustarnos, sin juzgar, sin tener que resolverlo todo de inmediato.
Y, por último: «Demostrarle que su vida tiene un porqué».
Quizá ahí radique el núcleo de nuestra misión. No solo decirle al joven: «Tu vida vale la pena».
Sino ayudarle a descubrir: «Tu vida puede ser un regalo».
Hay personas que le necesitan; él puede amar, puede servir, puede construir, puede transformar la realidad.
Y, partiendo de nuestra fe, su vida tiene sentido porque hay un Dios que le llama y que cuenta con él.
5. Para concluir
Me gustaría, pues, volver a la pregunta inicial: ¿Conocemos de verdad a los jóvenes?
Hoy no necesitamos salir de aquí con un nuevo proyecto, necesitamos salir con una nueva mirada.
Mirar al joven que tenemos delante y preguntarnos: ¿Qué es lo que no estoy viendo? ¿Qué hay detrás de su silencio? ¿Qué hay detrás de su sonrisa? ¿Qué hay detrás de su ausencia? ¿Qué necesita de nosotros?
Porque quizá ser «especialistas en misiones difíciles» hoy en día signifique precisamente esto: tener el valor de adentrarnos allí donde el joven está sufriendo. No para tener todas las respuestas, sino para estar ahí. Para escuchar. Para acompañar.
Y para decirle, con nuestra presencia y con nuestra vida: «Tu vida vale la pena. Tu vida tiene sentido. Y tu vida tiene un “para quién”».
Y os dejo una pregunta para compartir en los grupos:
Tras escuchar esta realidad, ¿a qué joven estamos llamados a mirar de otra manera?
Y, más concretamente:
¿Qué podemos hacer nosotros, como oblatos, para que un joven que está sufriendo encuentre en nosotros un lugar seguro, una comunidad y un camino para descubrir que su vida tiene un «para quién»?
