Intervención del P. Antonio Diodati, OMI, en el Encuentro de la Misión con los jóvenes y las vocaciones de la Provincia Mediterránea
Marino, 19 de septiembre de 2026

Buenos días a todas y a todos, soy Mariasara, vivo en Ciampino, me dedico al diseño de programas sociales y a la lucha contra la pobreza educativa, estoy casada y tengo dos hijas. Desde hace unos 10 años acompaño al grupo juvenil de Roma del Movimiento Juvenil Costruire y desde hace 3 formo parte del Consejo Nacional del movimiento. El MGC nació en 1988 y agrupa a varios colectivos juveniles vinculados a los oblatos presentes en diferentes partes de Italia.

Lo que me gustaría compartir hoy con vosotros es una visión general de aquello a lo que nos enfrentamos habitualmente cada día, partiendo del panorama general italiano para luego centrarnos en nuestros grupos: cuáles son las necesidades, las dimensiones de nuestro trabajo y los retos a los que nos enfrentamos, y cuáles son las posibles herramientas que ponemos en marcha.

Esta intervención no pretende ofrecer un panorama exhaustivo ni una visión de experto, sino más bien un punto de partida para la reflexión que surge tanto de mi experiencia laboral como de mi experiencia con los jóvenes del Movimiento Costruire, en particular con los de Roma y alrededores.

Punto 1

El panorama juvenil actual en Italia: quiénes son los jóvenes, en particular los adolescentes y los veinteañeros, y cuáles son las necesidades emergentes.

Italia, al igual que muchos otros países europeos, es un país en el que cada vez hay menos niños y más personas mayores. A pesar de ello, los servicios, la atención y los recursos que se destinan a los niños, los preadolescentes y los jóvenes siguen siendo escasos e insuficientes. Basta pensar que 1 de cada 4 niños vive en pobreza absoluta, lo que supone un total de más de un millón de niños y preadolescentes. Nos encontramos en una situación en la que, de hecho, las brechas sociales se acentúan, con muy pocas posibilidades de mejorar la propia condición social, por lo que, si se nace en una familia pobre, es muy probable que se tengan menos oportunidades de triunfar en el ámbito escolar, laboral, etc. Desde un punto de vista político, asistimos, paralelamente, a un enfoque a menudo muy restrictivo y, diría yo, casi punitivo, frente a diversos fenómenos que afectan a adolescentes y jóvenes apenas llegados a la mayoría de edad (bandas de menores, violencia juvenil, consumo de sustancias, etc.), en lugar de un enfoque preventivo y educativo. El ámbito escolar se debate entre algunas iniciativas innovadoras, tal vez propuestas por alcaldes o directores de centro, la necesidad de responder a cambios cada vez más apremiantes (aumento de los diagnósticos de necesidades especiales, menores de origen inmigrante) y, en muchos casos, la incapacidad para gestionar los recursos o la falta efectiva de los mismos, mientras que la relación entre el centro educativo y la familia se vuelve cada vez más compleja, a menudo en contraposición y no en cooperación. Si nos fijamos en los más mayores, la universidad parece no haber logrado aún dotarse de una estructura que responda realmente a las aspiraciones de los jóvenes, por un lado, y al mercado laboral, por otro. Basta con pensar en la facultad de medicina y en lo complicado que resulta acceder a esta carrera, mientras que, paradójicamente, tenemos escasez de médicos.

En este contexto, si quisiéramos identificar algunas necesidades emergentes (no exhaustivas, sino a modo de ejemplo) de los niños y los jóvenes, podríamos agruparlas en tres grandes áreas: salud mental, estabilidad laboral y necesidad de relaciones auténticas.

El tema del salud mental es un campo amplio que abarca diversas dimensiones: desde las adicciones (a sustancias, a dispositivos) hasta los trastornos alimentarios, pasando por la autoaceptación, el acoso escolar y fenómenos específicos como la creciente tendencia de los jóvenes al aislamiento social o a los actos de autolesión.

Al hablar con un educador y musicoterapeuta que trabaja en el hospital pediátrico Gaslini de Génova o con profesionales de los servicios de neuropsiquiatría infantil de Milán, el panorama que surge es, por ejemplo, el de un número creciente de consultas y hospitalizaciones por actos de autolesión, así como de tendencias suicidas.

Paralelamente, nos encontramos ante una sociedad en evolución, que también está cambiando en lo que respecta al componente cultural: pensemos en todas las segundas y, en algunas ciudades, incluso terceras generaciones, en los menores y jóvenes de origen inmigrante que están buscando y construyendo su propia identidad, por lo que tienen sus raíces en parte en el país y la cultura de origen —a los que quizá solo acuden durante las vacaciones—, en parte en el contexto italiano, donde van al colegio, tienen amigos y disfrutan de su tiempo libre, y en parte a la deriva, en busca de un nuevo terreno en el que puedan desarrollarse con libertad, sin sentirse oprimidos por el peso de una u otra cultura, ni por la aceptación o el rechazo de una u otra.

La estabilidad laboral es otro tema que afecta sobre todo a los jóvenes que abandonan los estudios, que no van a la universidad o que terminan la carrera. En concreto, menos de la mitad de los estudiantes termina a tiempo la carrera de tres años, licenciándose de media a los 24,5 años, cuando lo previsto sería terminarla a los 22. Todo esto tiene repercusiones en la transición real a la edad adulta, en el empleo, en los ingresos y en la posibilidad de formar una familia.

La necesidad de relaciones auténticas es, me atrevería a decir, una necesidad perenne, que siempre ha existido. Sin embargo, para las nuevas generaciones cambian las formas.

Estamos asistiendo a un vaciamiento continuo de los espacios que históricamente ocupaban los adolescentes y los jóvenes —el murete, el parque, la plaza— frente a un encierro sistemático en el mundo virtual. Los neuropsiquiatras infantiles y los sociólogos nos lo explican muy bien: si antes el castigo para un adolescente era: «¡Vete a tu habitación y no salgas más!», ahora, por el contrario, el castigo consiste en decirle: «¡Sal!». La adolescencia, que antes era la edad de la huida del hogar, de una autonomía cada vez mayor, del descubrimiento de lo que hay fuera de casa, hoy parece estar replegándose hacia una dimensión doméstica y cerrada. Como resultado de diversas causas —dispositivos tecnológicos, adultos sobreprotectores—, asistimos al crecimiento de jóvenes que resultan sobreprotegidos en el mundo real, con muy poca autonomía y escasas habilidades prácticas, mientras que en el mundo virtual viven absolutamente desprovistos de cualquier límite. Si hoy entramos en una clase de chicos de trece años, ¿cuántos sabrán montar en bicicleta sin manos? ¿Y cuántos, en cambio, serán campeones en el videojuego de moda?

También cambian las formas de expresión: escribir un diario secreto, por ejemplo, ha sido sustituido por la creación y el intercambio de una imagen, de un perfil en las redes sociales que debe ser lo más atractivo posible —da igual que no se corresponda con la realidad— y por la difusión de modelos de belleza inalcanzables. Ha aumentado el número de chicas que, al cumplir los 18 años, por ejemplo, piden como regalo una intervención estética para alcanzar cánones de belleza inalcanzables (si se comparan con otras fotos que están retocadas o que, en cualquier caso, son falsas).

Nos enfrentamos a generaciones cada vez más frágiles emocionalmente, cuyas formas de relacionarse cambian muy rápidamente (basta pensar en las «migraciones» de una red social a otra, en cuestión de pocos años), cada vez menos comprometidas desde el punto de vista de la ciudadanía activa y la participación política, y con cada vez menos confianza en las respuestas que las instituciones pueden ofrecer.

Subrayo, para no desanimarnos, que en esta parte he puesto el énfasis en las necesidades, ¡pero sabemos que, afortunadamente, también existen otras narrativas y ejemplos positivos de jóvenes!

Punto 2

En este contexto viven y se forman nuestros jóvenes, los de ahora, con los que estamos en relación, pero también aquellos que empiezan ahora o empezarán en breve a estar seguramente en nuestros grupos. Y entonces, al observar nuestros grupos, ¿cuáles son las necesidades que he visto surgir en estos años?

Como decía antes, las generaciones y los jóvenes cambian muy rápido. Lo primero que he aprendido trabajando con los jóvenes es que no hay nada más erróneo que hacer comparaciones: el MGC de los comienzos no era el de los años 90, que a su vez no era el de los años 2000, y así sucesivamente. Los jóvenes del MGC de Roma ya son diferentes de los de cuando empecé en 2017; cambian, sencillamente, las formas de comunicarse (la llamada telefónica es como la cueva del hombre primitivo, mientras que ahora todo se traduce en memes y stickers), las formas de interactuar entre ellos, los intereses y los contextos en los que viven.

Algunas cosas se han acentuado con los años: las fragilidades personales —desde la ansiedad hasta los ataques de pánico, pasando por la baja autoestima, los trastornos alimentarios y las autolesiones— han aumentado notablemente. Saber qué van a hacer «de mayores» se vive con una incertidumbre cada vez mayor, al igual que la capacidad de afrontar con honestidad los propios límites, las propias capacidades y aspiraciones. La elección de la universidad suele hacerse o bien de forma demasiado aleatoria, o bien basándose en datos que no son los adecuados, lo que acaba derivando o bien en un cambio a mitad de carrera, o bien en la obstinación por continuar unos estudios cuando es evidente que no son adecuados o que sería mejor potenciar las propias competencias de otras maneras.

La fragilidad personal se manifiesta, sobre todo en el caso de las chicas, también en relaciones sentimentales a menudo tóxicas, que impiden realmente crecer y desarrollarse como personas, pero en las que la pareja se convierte en «el salvador», el punto de apoyo en unas vidas en las que faltan figuras de referencia estables.

La identidad de género es otro tema que abordamos y que abordaremos cada vez con más frecuencia en nuestros grupos, y que debe tratarse con extremo cuidado y atención. 

Y la presencia de jóvenes de origen inmigrante es otro tema del que hay que ser conscientes, ya que las necesidades y los retos a los que se enfrentan estos jóvenes también deben, de alguna manera, hacernos reflexionar a nosotros y a nuestros grupos.

Otro elemento es la existencia de relaciones familiares conflictivas, un tema del que, a los jóvenes, evidentemente, les cuesta hablar y que les cuesta sacar a la luz, pero que se intuye por la falta de figuras de referencia adultas y por su escasa disposición a enfrentarse al mundo de los adultos.

En general, nos enfrentamos a jóvenes cada vez más ocupados, para quienes la participación en el itinerario del MGC (u otro) es una cosa más entre muchas: los estudios, el deporte, los amigos, la familia, las vacaciones, etc. El ejemplo que ponemos todos los años, aquí en Roma, son los encuentros de enero y febrero, durante los cuales el número de asistentes desciende drásticamente porque hay exámenes en la universidad.

En medio de todo esto, cuesta mucho tomar realmente las riendas de la propia vida, enfrentarse primero a los compañeros y luego también al mundo de los adultos y, por último, ¡no digamos hablar de Dios!

En los encuentros de intercambio suelen reinar silencios ensordecedores, en los que emerge claramente un malestar, un problema, una necesidad que oprime, pero que no se consigue expresar con palabras, por miedo al juicio ajeno, por falta de confianza, porque resulta demasiado difícil pensar que otra persona pueda estar viviendo lo mismo que yo o que pueda aceptarlo y quererme. El juicio severo y omnipresente al que estamos sometidos en la sociedad actual —según el cual, si no rindes siempre al máximo, no eres siempre guapo ni tienes siempre éxito, eres un perdedor, un fracasado y no mereces nada bueno— corre claramente el riesgo de pesar también sobre nuestros grupos.

El acompañamiento espiritual y el discernimiento vocacional son ámbitos cada vez más desafiantes, en los que a los jóvenes les cuesta mucho abrirse. Hablar del Evangelio en sí mismo, en algunos momentos, es un reto y llega tras un tiempo necesario de conocimiento y de creación de la relación.

Otro aspecto es la composición de nuestros grupos y la capacidad de atracción que logran ejercer hacia el exterior. Nos enfrentamos a grupos a menudo muy homogéneos que, con gran esfuerzo, logran proyectarse hacia el exterior en la vida cotidiana: ¿cuántos de nuestros jóvenes comunican a sus compañeros de edad que forman parte de un movimiento católico? ¿Y cuántos invitan a sus amigos a los eventos que organiza el grupo? Igualmente, difícil es ser constantes a la hora de llevar adelante un servicio de caridad y de asumir responsabilidades: dudas existenciales del tipo «¿estaré a la altura? ¿Por qué yo? «Bueno, ya veremos…» o, por el contrario, en algunos, un gran entusiasmo al principio, pero luego, a la larga, ese entusiasmo se pierde. Es evidente que se está extremadamente centrado en uno mismo y cuesta hacer espacio para el otro, sea quien sea. La captación de gente nueva, de grupos de adolescentes, y la construcción del futuro de nuestros grupos son otros temas pendientes.

Como decía, ¡no siempre es así y lo dicho no describe a todo el mundo! Pero, en un grupo amplio, son consideraciones que afectan a unos dos tercios de las personas.

Punto 3

Y entonces, ante estos retos y estas necesidades, ¿qué podemos ofrecer a las chicas y chicos con los que nos encontramos? ¿Qué podemos proponerles, desde las respuestas más concretas hasta las más elevadas?

Enumero algunos puntos a modo de ejemplo.

La comunidad: la presencia de un grupo de iguales en el que no sentirse juzgado, que está fuera de los esquemas de la clase, del equipo deportivo o del grupo de amigos. Que es algo más. Me planteo y nos planteamos constantemente cuestiones sobre nuestras comunidades juveniles, sobre sus elementos constitutivos, sus dinámicas internas, su desarrollo y sus límites; y, sin embargo, estoy firmemente convencida de que nuestras comunidades juveniles, aunque nunca sean perfectas, siempre mejorables y siempre en movimiento, siguen siendo espacios valiosos, un campo de entrenamiento de relaciones auténticas, de inclusión, de desafío individual frente a lo diferente, frente al otro, de misericordia y caridad recíprocas, de oración, de acogida mutua, a pesar de sus propias limitaciones, de quererse unos a otros como nos dice el Evangelio. Este instrumento sigue siendo el eje central que hay que ofrecer a los jóvenes. Y es aquí donde hay que experimentar cada vez más un mayor protagonismo de los propios jóvenes, animándolos a asumir pequeñas responsabilidades, a actuar como iguales entre ellos y como mentores de los más pequeños. Sobre la figura del adulto hablaré enseguida, pero es un hecho que el intercambio entre iguales es un ámbito valioso y que sabemos que funciona muy bien. Si uno de los mayores, en quien confío, me sugiere que acompañe a alguien, que viva una experiencia, que me lance a algo, quizá lo haga (más allá de las mil veces que me lo haya dicho el asistente). Si alguien de mi grupo, en quien confío, me dice que puedo hacerlo o que esa responsabilidad es para mí, tiene un valor enorme.

Ofrecer adultos de referencia: las comunidades y los grupos juveniles no se construyen solos, ni se mantienen en pie por sí mismos. Es necesario que haya una figura adulta que les dedique tiempo, energía y, sobre todo, un cariño desinteresado. Los jóvenes no necesitan otro adulto que les diga qué hacer, cómo hacerlo, que se substituya a ellos a la hora de hacer las cosas para que salgan bien, que critique sus errores o que los enrede con falsas promesas. Los jóvenes necesitan sobre todo Oblatos, y también laicos, que, de forma sencilla y con todo el esfuerzo que ello conlleva, estén ahí para ellos, sin segundas intenciones. Que les animen, que les acompañen, que les digan la verdad, a veces incluso cuando resulte incómoda, pero en el momento adecuado, que les ayuden a llevar las cargas sin quitarles, sin embargo, ese esfuerzo que es necesario para crecer. También hay que tener cuidado de reconocer los propios límites y, cuando no se tengan las competencias necesarias, ayudar al chico o a la chica a acudir a quien realmente pueda prestarles ayuda, con honestidad y transparencia.

Y hay que seguir estando ahí, aunque el chico o la chica te decepcione, se vaya o tome esa decisión que, en tu interior, sabes que es totalmente errónea. No importa. Los adultos debemos querer a los jóvenes de forma totalmente desinteresada. Esto es algo que siempre me recuerdo a mí misma, incluso cuando mi lado humano se siente herido por alguna actitud, por alguna forma de actuar que te hace decir: «Vaya, todo el tiempo que le he dedicado a esta persona, ¿y ahora qué? ¿Ahora toma esta decisión y ni siquiera me avisa?» Y en estos casos siempre me repito: «Gratis lo recibisteis, gratis dadlo». Para mí, personalmente, es un proceso que, probablemente, surge por haber formado yo misma parte del Movimiento Juvenil Costruire y de haber tenido muchos Oblatos, consagradas y muchos jóvenes mayores que me han acompañado en el camino. La gratuidad de su amor me ha hecho sentir libre y amada. Y por eso doy gracias a Dios. Y para los jóvenes de nuestros grupos no espero nada menos: acompañarlos lo mejor que pueda, dentro de mis límites humanos. Creo que acompañar a los grupos juveniles tampoco es para todo el mundo, sino que es una vocación específica: se necesita pasión, mucha paciencia y fe en que uno siembra, pero es Dios quien hace crecer y florecer. Los jóvenes no son nuestros, son de Dios.

Ofrecer una formación humana y prestar atención a las fragilidades: Aunque estamos en un contexto misionero y católico, y lo que anunciamos es a Jesús, no podemos dejar de tener en cuenta todos los aspectos humanos que mencionábamos antes y los retos que conllevan. Por eso, intentar profundizar y abordar algunos temas, contar con expertos, ayudar a los jóvenes a centrarse en sus problemas y sus heridas, es un aspecto que debemos tener cada vez más presente.

Ofrecer una formación espiritual y de acompañamiento, de anuncio del Evangelio: es un punto que daba por sentado, al ser la misión principal de nuestros grupos. Primero hombres, luego cristianos y santos. Pero creo que es importante subrayarlo. Nuestros jóvenes, aunque a menudo también participan en la vida parroquial, carecen bastante de ciertos conocimientos litúrgicos (incluso básicos, como qué hacer al entrar en la iglesia o cómo se rezan las Laudes), sacramentales, sobre la Palabra y o el Catecismo en general. Del mismo modo, les cuesta rezar, ir a misa y encontrarse con Jesús en la Eucaristía. Probablemente, también en este caso sea útil pensar en formas de acercamiento que no asusten, ni sean rechazadas. Sin embargo, vemos cómo, cuando proponemos una adoración o una liturgia penitencial, aunque a menudo haya desconfianza y dificultad inicial, estos acaban siendo momentos intensos en la experiencia vivida, porque son esos los momentos en los que realmente se consigue entrar en diálogo con Dios. Ser, por tanto, promotores y facilitadores de este encuentro, crear el marco entre los jóvenes y Dios, porque, como decíamos antes, es Él quien habla y quien conoce los corazones.

Ofrecer experiencias de profundización humana y espiritual a la vez, que sean vocacionales. Esa palabra que tantas veces nos cuesta pronunciar por la desconfianza que genera, especialmente entre las chicas. Como decíamos antes, este es uno de los grandes retos: que los jóvenes acepten compartir su vida con Dios, que al menos se atrevan a plantearse la pregunta: ¿qué quiere Dios de mí? ¿Cuál es su proyecto para mí? Y también aquí, sin embargo, es un reto que, de alguna manera, debemos seguir asumiendo, planteando modalidades, procesos e instrumentos, para que cada uno tome las riendas de su propia vida, al menos se cuestione y trate de profundizar, con entusiasmo y esperanza, a pesar de —y precisamente en virtud de— los fracasos que vivimos. Siempre decimos que Dios escribe recto sobre reglones torcidos, por muy grandes que sean la confusión, el dolor y la complejidad de las situaciones. Y tratamos de subrayar siempre la necesidad de un acompañamiento espiritual.

Otro aspecto que me gustaría compartir con vosotros son los espacios: un grupo juvenil debe tener un lugar donde reunirse, que sienta como propio, como un hogar. El Evangelio nos lo cuenta: «Les dijo: “Venid y veréis”. Fueron, pues, y vieron dónde vivía, y aquel mismo día se quedaron con él; eran alrededor de las cuatro de la tarde». Jesús se lo dice a los primeros discípulos: venid a mi casa. Disponer de un espacio en el que, además de reunirse, se pueda pasar varios días juntos, organizar un evento, estar en compañía, quizá incluso ir a estudiar, tomarse un momento de descanso, siempre que sea posible, marca la diferencia.

Otro aspecto que destaco es reunir a los distintos grupos. Los jóvenes de diferentes zonas, unidos sin embargo por un mismo estilo, necesitan encontrarse y, cuando lo hacen, suceden cosas bonitas. Se comprenden los propios límites, se comprende mejor a uno mismo, se descubren cosas valiosas, se crece y se enriquece. Los encuentros nacionales del MGC son un elemento imprescindible del camino: son los propios jóvenes quienes nos lo demuestran, al pedirlos y participar en ellos.

No dejéis de animarlos a salir del grupo: la comunidad es maravillosa, pero la puerta debe permanecer abierta, para no correr el riesgo de encerrarse e implosionar. Recordemos que nuestros grupos deben ser misioneros y salir al encuentro de los pobres, los últimos, los necesitados. Animadlos a ello.

Último punto, que es el punto de partida: ¿dónde y cómo captar a los jóvenes? A lo largo de los años hemos visto que la presencia o ausencia de parroquias oblatas no es determinante ni para la captación ni para la estabilidad de los grupos. Por lo tanto, en todos los casos hay que idear y plantear estrategias de captación que, en cualquier caso, deben tener en cuenta los temas emergentes y el compromiso de nuestros jóvenes de desempeñar una función de compañeros, de iguales.