Intervención del P. Fabio Bastoni, OMI, en el Encuentro de la Misión con los jóvenes y las vocaciones de la Provincia Mediterránea
Marino, 19 de septiembre de 2026
Introducción
Me han pedido ofrecer una contribución sobre una pregunta precisa: ¿cómo podemos integrar la pastoral juvenil y la vocacional, para una misión oblata realmente en comunión?
Parto de una convicción: la comunión no es un dato adquirido, sino un camino que no termina nunca. No es una meta que alcanzar de una vez para siempre: es un estilo, un modo de afrontar la realidad.
En nuestro movimiento ha existido siempre una pluralidad de posiciones, de sensibilidades, de modos de hacer misión. No es este el problema, y no es tarea nuestra eliminarla. Las diferencias deben más bien explicitarse y acogerse: a veces para alcanzar una síntesis nueva, más a menudo para aprender a mantener una tensión sana, sin perder la relación.
Pensemos en los discípulos de Emaús. Vuelven atrás, tristes, por el mismo camino que habían recorrido para seguir a Jesús. No consiguen olvidar aquellos días: continúan dándoles vueltas. Pero es precisamente a partir de una pregunta como Jesús les hace repasar aquella experiencia, se la hace releer a la luz de la Sabiduría y en ellos se reenciende un deseo que aparentemente no sentían ya más.
Querría intentar hacer un recorrido análogo: escuchar tres preguntas que vienen de nuestra vida, para volver a atravesar nuestra experiencia y hacerla hablar a nuestro deseo. Cómo trabajamos juntos. Cómo estamos juntos. Para qué estamos juntos. No son tres preguntas elegidas al azar: también la investigación sobre los grupos las reconoce como las dimensiones decisivas para su consistencia — la visión compartida, los lazos de confianza entre las personas, el modo concreto en que un grupo se organiza. Cuando una de estas dimensiones se debilita, también las otras se resienten.
Estoy convencido de que estas preguntas podrán hacernos sentir cuánto y dónde nuestra colaboración, y nuestra comunión, se juegan realmente.
- Primera perspectiva: cómo trabajamos juntos (la organización)
A menudo pensamos que la dificultad para colaborar depende del exceso de compromisos: cada uno está absorto en sus propias responsabilidades, y la colaboración termina por aparecer como una tarea más, que añadir a una agenda ya llena.
En realidad, el contexto juvenil ha cambiado: las pertenencias son más frágiles, la participación más intermitente, los recorridos más personalizados. Los objetivos y los criterios de eficacia que nos han guiado durante muchos años ya no son dados por supuestos. Y a menudo quedan implícitos: el número de jóvenes, la continuidad de la participación, una vocación surgida, el crecimiento en la fe, la calidad de las relaciones, son todos resultados posibles, pero si no los nombramos, podemos trabajar mucho y tener, juntos, la impresión de no trabajar en la misma dirección. Lo que para uno es un resultado precioso, para el otro puede parecer una insuficiencia y ninguno de los dos lo ha dicho nunca en voz alta.
Y es precisamente cuando percibimos que lo que hacemos es menos eficaz que nace una paradoja. La reacción espontánea es hacer más: aumentar el compromiso, multiplicar las iniciativas, invertir aún más energías. Pero cuanto más cada uno se concentra en su propio ámbito, menos tiempo queda para leer juntos la situación y construir orientaciones compartidas.
No es solo una cuestión de criterios: es también una cuestión de modelo. Durante muchos años nuestro modo de operar ha asumido la forma del movimiento: una pertenencia pensada como libre y dinámica, que en la práctica generaba comunque núcleos fuertes de identificación, formación y amistad: las comunidades.
Vale la pena preguntarse si este modelo describe todavía el modo en que los jóvenes construyen lazos, o si hace falta pensar formas diversas de participación y corresponsabilidad.
Y es aquí donde entra en juego la corresponsabilidad de laicos y jóvenes. No basta coordinar mejor las actividades, ni invitarles a colaborar más: la pregunta es si la misión está realmente compartida. Tres condiciones concretas lo verifican, y conciernen a ambas partes.
La primera es la transferibilidad del liderazgo: un liderazgo que genera otros líderes hace de la guía un proceso compartido; un liderazgo concentrado en pocas personas se agota con ellas.
La segunda es la formación: no basta poner al lado de los jóvenes y los laicos a quien tiene más experiencia; hacen falta recorridos que les preparen realmente para asumir responsabilidades y guiar.
La tercera es la disponibilidad para compartir realmente autoridad y decisiones: por parte de los consagrados, significa dejar un espacio real y no solo declarado; por parte de laicos y jóvenes, significa estar dispuestos a ocuparlo, superando formas de pasividad consolidadas en el tiempo.
La corresponsabilidad, en el fondo, no es añadir colaboradores a un proyecto ya definido: es compartir realmente la construcción de la misión.
- Segunda perspectiva: cómo estamos juntos (la relación y la identidad)
Nuestra pastoral no es solamente algo que hacemos: en el tiempo llega a ser parte de lo que somos. Las experiencias, los proyectos, las relaciones construidas en torno a la misión contribuyen a nuestra identidad. Por esto, cuando alguien propone cambiar un proyecto, puede ocurrir que nos sintamos tocados no solo en una elección pastoral, sino en nuestro rol, nuestra historia, nuestro mundo relacional.
Por esto la comunión no requiere el acuerdo en todo. Requiere más bien seguridad: la posibilidad de expresar dudas, errores y objeciones sin sentirse juzgados. Algunas señales nos ayudan a reconocer cuando esta seguridad se está erosionando: el silencio en las reuniones y la crítica solo después, en los pasillos; un consenso demasiado rápido delante del responsable; personas que, poco a poco, dejan de proponer; decisiones ya tomadas, presentadas como consultas. No son un diagnóstico, pero indicadores que tener bajo observación — y la dificultad que a menudo los resume todos es el cansancio para distinguir la crítica a un proyecto del juicio sobre la persona.
Vale la pena sin embargo reconocer un recurso dentro de esta posible fragilidad: la inversión personal que a veces genera defensas es la misma que genera pasión y capacidad de resistencia. No es energía que eliminar, sino que reorientar, construyendo lugares de confrontación en los cuales cada uno pueda sentirse reconocido por el bien que ha intentado construir. Solo en este espacio llega a ser posible una confrontación auténtica y, por tanto, una corresponsabilidad real.
- Tercera perspectiva: para qué estamos juntos (el contenido)
Compartir palabras como «jóvenes», «escucha», «vocación», «comunidad», «misión» no significa compartir la misma visión. Podemos usar las mismas palabras y tener en mente realidades diversas, prioridades diversas. Es precisamente aquí donde la pluralidad de la que hablaba al inicio se juega concretamente: no es un problema en sí, lo llega a ser solo cuando queda implícita.
El modo en que interpretamos el mundo juvenil orienta de modo diverso nuestra pastoral. Podemos hablar de «primera generación incrédula» — jóvenes que han aprendido a vivir sin considerar la Iglesia como referencia necesaria. O bien de post-secularización, donde la pregunta religiosa no ha desaparecido, pero se expresa con lenguajes nuevos. Son lecturas que pueden integrarse, pero no son neutras: orientan elecciones pastorales diversas.
Vuelve aquí también la cuestión de la relación, que nuestra tradición ha reconocido siempre como lugar privilegiado de la misión. Y quedan abiertas dos preguntas. ¿La forma de relación que proponemos sabe hablar a la complejidad relacional de los jóvenes de hoy? ¿Y esta relación abre realmente a un contenido ulterior — el Evangelio, Cristo, la vida en la Iglesia — tiene el peligro de quedarse siendo una realidad positiva, pero silenciosa sobre lo que debería anunciar?
Llegamos así a una de las cuestiones que nos han sido confiadas: la relación entre pastoral juvenil y pastoral vocacional. Nuestra tradición afirma que la primera es, por su naturaleza, vocacional. Pero la necesidad misma de especificarlo es ya una señal: si debemos decirlo, quizás en la práctica no es tan evidente.
Debemos evitar dos riesgos opuestos. El primero: separar la pastoral vocacional de la juvenil, como un sector para pocos. El segundo: declarar que toda la pastoral juvenil es vocacional, sin aclarar realmente qué significa esto. Y hay un tercer riesgo, más específico, que debemos reconocer con honestidad: el reclutamiento. La diferencia respecto al acompañamiento no está en los contenidos que proponemos, sino en el criterio con que los proponemos. Hay acompañamiento cuando el joven queda libre de no elegir la vida consagrada, sin sentirse defraudado o excluido de la relación. Hay reclutamiento cuando el resultado esperado precede, y orienta silenciosamente, cada paso del recorrido.
Esta distinción es más fácil de enunciar que de vivir. La caída de las vocaciones genera una ansiedad real, que puede insinuarse en el acompañamiento sin que nadie la declare. Liberarse de ella no significa dejar de custodiar el futuro de la congregación: significa evitar que esa preocupación llegue a ser el criterio silencioso con que medimos el valor de un joven en su recorrido vocacional.
El problema, sin embargo, es también más profundo que una cuestión de estilo pastoral. Hay una distancia estructural entre una elección de vida que pide univocidad y definitividad, y una generación que construye su propia identidad a través de un tiempo más largo de exploración, antes de asumir cualquier compromiso estable — afectivo, profesional o de fe. Este tiempo no es un rechazo de la definitividad: es una fase que el joven atraviesa para poder llegar a ella de modo auténtico. La pregunta pastoral, entonces, no es si los jóvenes la rechazan, sino si sabemos acompañar su exploración hacia decisiones libres. A esto se añade la falta de un sustrato religioso compartido, que hace más complejo el anclaje de una elección que busca sentido en una referencia religiosa hoy ya no inmediatamente reconocida.
Conclusión
Las tres preguntas que os he propuesto no eran un ejercicio de análisis. Eran un modo para volver a atravesar nuestra experiencia — como los discípulos de Emaús — y dejar que en este camino se reencendiera, si hacía falta, el deseo de la comunión. No partiendo de una teoría, sino de las preguntas que la realidad misma nos pone cada día.
Y entonces querría decirlo con claridad: la tensión entre posiciones diversas no es un mal. No contradice la comunión. Es, al contrario, el espacio mismo en que la comunión llega a ser posible — no como la ausencia de toda diferencia, sino como la capacidad de habitarla juntos, sin que llegue a ser una laceración.
Es esto lo que os pido llevar a los grupos: no la búsqueda de una respuesta que ponga a todos de acuerdo, sino la disponibilidad a permanecer dentro de las preguntas que os he planteado, dejando que sean ellas las que abran el camino, y no a cerrarlo.
Os propongo entonces comenzar, en los grupos, este mismo recorrido, con curiosidad y paciencia.
