La misión de Deruta fue probablemente la primera misión popular oblata llevada a cabo en Umbría y en esta localidad famosa por la elaboración y decoración de la cerámica. Fue una semana vivida bajo el signo de la belleza y la gracia de la misión.
«Unidos a Cristo» era el título de la misión, un tema que encontró una expresión concreta desde los primeros días en el equipo misionero, compuesto por cinco misioneros oblatos, un joven sacerdote diocesano sardo, un diácono, religiosas de tres congregaciones diferentes, seminaristas de la Orden de la Madre de Dios, laicos, parejas y jóvenes. La variedad de procedencias y experiencias resultó ser una gran riqueza, favoreciendo en poco tiempo el nacimiento de una verdadera comunidad: unida a Cristo y unida entre sus miembros.
Las visitas a las familias ofrecieron una visión de una humanidad a menudo marcada por heridas, fragilidades y situaciones a veces particularmente complejas. En estos encuentros surgió con fuerza la conciencia de que tales heridas no representan la última palabra sobre la vida de las personas. Entrar en relación con los demás, sobre todo a un nivel más profundo, nunca es sencillo; sin embargo, precisamente esto constituye el corazón de la misión: llegar a las personas en los lugares de su vida cotidiana, acogiendo la realidad concreta de cada uno y anunciando la presencia de un Dios que se hace cercano, que busca a cada persona y la ama, siempre dispuesto a ofrecer su abrazo misericordioso.
Un Dios que levanta y vuelve a poner en camino incluso a quien se siente poco digno de ser amado o inútil, como el fragmento de una vasija rota que parece haber perdido su valor. La misión sigue representando así una ocasión de gracia, a través de la cual Dios puede tocar y transformar la vida de las personas con las que se encuentra, incluso cuando el camino compartido dura solo un breve tramo.
Benito, de Mugnano di Napoli, quien, tras haber vivido la misión en abril, decidió devolverle a Dios algo de lo que había vivido, cuenta:
«Al igual que todo lo que el Señor ha elegido para mí desde que lo conocí, la experiencia que he vivido en Deruta como misionero ha llenado mi corazón de alegría y amor.
Me resulta muy difícil intentar resumir en unas pocas líneas las emociones vividas, pero parto de la base de que tenía muchas ganas de partir y nunca dudé en los días previos, a pesar de los compromisos y de un poco de ansiedad, lo cual es normal.
Desde el primer día, Dios me reveló el motivo de mi presencia allí, en Deruta: poder devolver la esperanza a jóvenes como yo y hacerles comprender que en este mundo no estamos solos. Poder mirar a sus ojos, sorprendidos por lo que sentían, y poder contarles mi historia fue increíble.
Doy gracias a Dios por mis compañeros de viaje. Todo el equipo que me acompañó en esta experiencia me acogió y me trató como a uno más de la familia, con el amor que solo puede existir en una comunidad guiada por Dios.
De entre todos los agradecimientos, el más grande va dirigido a Dios, que me ha confirmado lo valioso que soy a sus ojos, lo mucho que el amor que recibo a través de Él me llena el corazón y me da esa serenidad y esa paz que no encuentro en nada más.
Gracias, Señor, por haberme dado el valor de contar mi vida a personas a las que quizá no vuelva a ver: ha sido infinitamente hermoso.
¡GRACIAS, DERUTA, LA MISIÓN EMPIEZA AHORA!» (Benito Sansone)
















