“Nosotros misioneros, estamos hechos así: es normal partir…”

“Nosotros, los misioneros, estamos hechos así: es normal partir,

es necesario desplazarnos; mañana los caminos serán nuestras casas;

si nos vemos obligados a pararnos por algún tiempo en una casa, la transformaremos en camino hacia Dios”

P. Mario Borzaga, 18 de mayo de 1957

Queridos hermanos y familia oblata,

la palabra ‘cambio’ aparece con frecuencia en nuestra vida y también en nuestra administración provincial. Cambian las estructuras, cambian los métodos, cambian las responsabilidades y cambian también las circunstancias. Pero sabemos bien que el cambio más profundo no es solo el de los lugares, los cargos o las tareas, sino el del corazón. Solo cuando dejamos que el corazón se renueve, los demás cambios adquieren sentido y se ponen verdaderamente al servicio de la misión.

Ahora iniciamos un tiempo de cambios en las comunidades. Para algunos será un paso esperado; para otros, una decisión más rápida o exigente; para otros, el final de una larga historia vivida en una comunidad que ha sido su casa durante algunos años. Quienes dejan una comunidad después de muchos años, no dejan solo un lugar: dejan recuerdos, vínculos, trabajos compartidos, lágrimas, alegrías y también semillas sembradas. Quienes permanecen o acogen, también entran en este misterio de paso, de apertura y de confianza.

Y precisamente por eso, cada cambio es una oportunidad para comenzar de nuevo. No empezamos desde cero, porque llevamos una historia, una experiencia, una gracia recibida. Pero sí empezamos de nuevo, porque Dios siempre nos ofrece un camino nuevo para amar, servir y caminar juntos, como peregrinos de esperanza en comunión.

Cambiar de comunidad nunca es solamente trasladarse de una casa a otra. Es aprender a mirar con fe la voluntad de Dios que se expresa también a través de estos pasos. Es aceptar que la misión no nos pertenece, sino que nos precede y nos supera.

A veces el corazón se resiste. Es normal. Porque nos acostumbramos a los rostros, a los ritmos, a los espacios, a las formas de vivir juntos. Pero la vida consagrada y la vida oblata nos recuerdan que no estamos llamados a poseer una comunidad, sino a entregarnos en ella. Y eso exige libertad interior, desprendimiento y confianza.

También los cambios afectan a las comunidades que acogen. Acoger a un hermano no es solo recibirlo físicamente; es abrirle espacio en la historia común, en el afecto, en la oración y en la misión. Toda acogida verdadera es un acto de fe y de caridad. Quien acoge acepta entrar en una nueva etapa con paciencia y con disponibilidad.

Por eso, gracias de corazón por la disponibilidad de tantos hermanos y de tantas comunidades. Gracias por la capacidad de empezar de nuevo, de adaptarse. Esa disponibilidad es una forma concreta de Evangelio.

Pido para los oblatos y la familia oblata la gracia de vivir estos cambios con serenidad profunda, que nacen de saber que el Señor conduce la historia. Si Él guía nuestros pasos, ningún cambio es una pérdida. Todo puede convertirse en una ocasión para crecer en humildad, en fraternidad y en misión.

La familia oblata ha aprendido, a lo largo de su historia, que la fidelidad no consiste en quedarse en un mismo sitio, sino en seguir a Cristo allí donde Él nos llama. Y cuando los pasos se mueven, también se purifica el corazón.

Todavía quedan algunos cambios que serán comunicados en las próximas comunicaciones. Los afrontaremos con la misma actitud: claridad, responsabilidad, espíritu de fe y comunión. No se trata solo de reorganizar presencias; se trata de seguir caminando juntos como familia, sin perder la paz ni la esperanza.

Con afecto fraterno, seguimos caminando juntos.

P. Javier Montero Infantes

Superior provincial

En este enlace se pueden leer las Comunicaciones de la Administración Provincial: