“Cuaresma: dejarnos abrazar por la Cruz y por las Constituciones y reglas”

Queridos hermanos este camino cuaresmal nos vuelve a recordar, con mucha ternura, quiénes somos: Oblatos, pequeños y frágiles, pero entregados como Cristo crucificado para los más pobres y abandonados. No somos simples funcionarios de un carisma, sino hombres marcados por una historia de amor que empezó, para san Eugenio, a los pies de la Cruz, aquel Viernes Santo en que se sintió mirado, perdonado y enviado.

En este tiempo cuaresmal, el Señor nos invita a dejarnos abrazar de nuevo por esa Cruz que está en el centro de nuestra vida y de nuestras Constituciones y Reglas. No son dos cosas distintas: la Cruz es una gracia y las CCRR son el modo concreto de encarnarla cada día, en la misión, en la comunidad, en los votos, en el servicio sencillo y escondido. Cuando perdemos de vista a Cristo crucificado, las Reglas se vuelven un reglamento pesado; cuando olvidamos las Reglas, la Cruz se reduce a una emoción pasajera.

Pero Dios sigue creyendo en nosotros. Después de doscientos años, seguimos aquí no porque seamos los mejores, sino porque Él sostiene nuestra historia y nos vuelve a llamar a una fidelidad más humilde y apasionada. Tal vez nos sintamos cansados, dispersos, incluso un poco apagados; precisamente ahí la Cuaresma se convierte en una caricia de Dios que nos invita a empezar de nuevo, paso a paso, día tras día.

El Señor nos recuerda también una gran responsabilidad y un gran regalo: cada uno de nosotros es un libro vivo de las Constituciones y Reglas en medio del mundo. Un libro que camina, que sirve, que perdona, que comparte la mesa y la oración, que se deja tocar por el dolor de los pobres. Hay personas que nunca leerán nuestras CCRR, pero podrán “leerlas” en nuestra manera de vivir: en cómo  escuchamos, en cómo obedecemos, en cómo perdonamos, en cómo cuidamos a los más frágiles.

Tal vez convenga preguntarnos con sinceridad: ¿soy un libro abierto o un libro sellado? ¿Puede la gente descubrir, en mi vida concreta, la pasión por los pobres, la alegría de la comunidad, la fidelidad a la oración, la paciencia en la cruz cotidiana? No se trata de sentirnos culpables, sino de reconocer con humildad dónde necesitamos que el Señor reavive en nosotros el fuego primero, aquella regla o aquel número de las CCRR que un día encendió nuestro corazón.

Te propongo vivir esta Cuaresma con un gesto muy sencillo: cada día, unos minutos ante la Cruz, dejando que Jesús te mire como miró a san Eugenio. Dile con sencillez: “Hazme de nuevo Oblato tuyo, como Tú, entregado en la cruz; que mi vida sea una página viva de nuestras Constituciones para los que me rodean”. Si lo dejamos hacer, Él sabrá escribir en nosotros, con paciencia y misericordia, un capítulo nuevo de esta hermosa historia de gracia.

En Cristo y María Inmaculada,

Un fuerte abrazo,

P. Javier Montero Infantes
Superior provincial

 

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