Hemos venido a Roma como peregrinos de esperanza, de fe en lo que no es seguro, en lo que no se ve pero que está en el corazón. Soy Cristina Jiménez, médica y consagrada laica COMI en el Instituto secular de las Cooperadoras Oblatas Misioneras de la Inmaculada.
Trabajo como médica en un hospital y cuido de estos ancianos, como Rafaella, una tierna señora de cien años que es la madre de Paola, una de mis hermanas. Raffaella nos enseña mucho sobre la esperanza a nosotros, los peregrinos.
Raffaella espera ver la luz cada día. Espera el saludo de buenos días que le da su hija Paola cada mañana. Abre los ojos y saluda con ese brillo apagado que aún es capaz de amar. Y hay muchos pequeños y hermosos signos de amor en la sencilla vida de Raffaella: espera tomar su café con leche caliente, abrir la ventana y sentir el aire fresco, rezar sus oraciones… y por la noche irse a dormir en paz, con la confianza de ser amada y de amar en lo cotidiano.
Cuando estos ancianos enferman, nos muestran muchas cosas valiosas que olvidamos en la prisa y la angustia del viajero que no es peregrino. Estudié cuatro años como médico en la especialidad de Geriatría. Un trabajo exigente, lleno de lágrimas y felicidad, de cansancio y de muchas miradas al cielo para pedir una luz y la ayuda del don de la salud a Dios, si es su voluntad.
Cuando estos ancianos enferman, no se sabe si el ingreso en el hospital les devolverá la salud, ni siquiera ellos lo saben. A veces han perdido la capacidad de hablar, pero lo que permanece en ellos es el deseo de ser escuchados, con un lenguaje que no se expresa con palabras. A veces han perdido la capacidad de caminar, pero lo que permanece es su condición de peregrinos. Me toca aprender este lenguaje sin palabras, este caminar sin pasos. La esperanza se escribe sin palabras y sin correr. La esperanza utiliza el lenguaje del amor, del caminar con amor, y esta es la medicina del amor, como decía el P. Liuzzo, nuestro fundador.
Cuando es posible darles el alta y enviarlos a casa, es realmente una alegría, porque ellos me han mostrado el valor de sus propias cosas, su propia cama, su propio sillón, su propia serenidad al sentir latir el corazón cuando se hace el silencio. Qué importante es cuidar este lugar: donde uno se encuentra y donde Dios nos encuentra. Donde uno recuerda los errores y los éxitos, donde uno da gracias y donde se cultiva la esperanza.
A veces no somos capaces de curar, y también esto es esperanza: cuántas manos estrechadas, cuántos silencios que hablan, cuántas oraciones susurradas. La muerte nos enseña cuál es el verdadero don de la vida, la verdadera ofrenda de la propia humanidad, que no retiene la vida, sino que sabe darla. Toda la vida es aprender a ofrecer, a vivir, que en el dar está el recibir, en el don, la acogida.
