Me llamo Marie Anne Nadège Candeh, soy de Mauricio y vivo en Italia desde 1983.

Soy mediadora lingüística y cultural y también educadora intercultural. Hablo cuatro idiomas: inglés, francés, criollo e italiano.

Antes de comenzar, quiero dar las gracias a los Oblatos por darme la oportunidad de estar aquí hoy para compartir mi testimonio.

Me gustaría comenzar con las palabras del Papa León XIV, quien definió a los migrantes y refugiados como «misioneros de la esperanza», subrayando la necesidad de acoger, acompañar, promover e integrar a los migrantes.

El Jubileo de los Migrantes es una ocasión especial para reflexionar sobre el profundo significado de la acogida, la dignidad humana y la esperanza compartida. En un mundo marcado por las guerras, la pobreza y el cambio climático, que obligan a millones de personas a abandonar su tierra, este Jubileo nos invita a no permanecer indiferentes.

Los migrantes no son números ni problemas que resolver: son rostros, historias, sueños. Son mujeres, hombres y niños que traen consigo una riqueza de cultura, fe y resiliencia.

El tema elegido, «Migrantes misioneros de esperanza», nos recuerda que, a pesar de las dificultades, quienes emigran se convierten a menudo en un signo vivo de confianza en el futuro. Caminar juntos es un acto de justicia y fraternidad, pero también una oportunidad para construir comunidades más abiertas, humanas y solidarias.

Mi testimonio

Cuando llegué a Palermo, no fue fácil. Tuve problemas de comunicación, de orientación, de adaptación y, sobre todo, de integración. Aunque tenía a mi familia en la ciudad, las dificultades eran las mismas que las de cualquier migrante. No me gustaba Palermo y quería ir a Londres para continuar mis estudios, pero la vida me llevó por otro camino.

Empecé a trabajar como empleada doméstica en una familia. Fue una experiencia dura: no pude continuar y volví con mi madre. Recuerdo que, nada más llegar, esa misma noche ya era huésped de esa numerosa familia. Pero las incomodidades eran muchas y no podía quedarme.

Al haber crecido en Mauricio, en un contexto multicultural, con el tiempo conseguí abrirme y emprender un camino de integración. En 2000 asistí a un curso de mediadora lingüística y cultural en la Universidad de Palermo, en el hospital Policlínico. Al cabo de un año, empecé a trabajar en la consulta de medicina de las migraciones, con el Dr. Affronti, hoy director de la Pastoral de los Migrantes de la diócesis.

Recibía y acompañaba a los inmigrantes a las visitas médicas. No era fácil: llegaban más de 30 migrantes al día. Yo nunca había conocido la pobreza, pero allí vi un sufrimiento enorme. Como mediadora, escuchaba historias llenas de dolor. Por la noche no podía dormir: reflexionaba sobre cómo aliviar sus penurias. Empecé a rezar, pidiendo a Dios que llevara luz y alegría a sus corazones.

En el Policlínico sentí esa luz que todos buscamos en nuestro corazón: Dios estaba conmigo. Los abrazaba, los escuchaba, los hacía sentir acogidos, haciéndoles comprender: «No estáis solos, yo estoy aquí para vosotros». Durante 15 años realicé este trabajo, que no era solo un oficio, sino una verdadera misión. He visto cómo el dolor se transformaba en alegría y amor. Así es como yo también me convertí, en mi pequeña medida, en misionera de la esperanza.

Posteriormente trabajé tres años en un CAS de Palermo, un centro de acogida para mujeres migrantes: madres con niños, mujeres embarazadas, víctimas de torturas y violencias. Compartí sus dolores, lloré mucho con ellas, pero fui para ellas como una madre, una hermana, una amiga. En ese lugar comprendí que mi vida está ligada a la de los migrantes, a la de los más frágiles. Recuerdo a los niños: venían de todas partes del mundo y, a pesar de todo, llevaban en sus rostros sonrisas llenas de esperanza.

Después trabajé durante 12 años como educadora en un centro de acogida para menores extranjeros no acompañados. Eran diez chicos de entre 14 y 18 años. Llegaban tristes, asustados, a menudo huérfanos. Necesitaban sobre todo amor y un abrazo sincero. El francés y el inglés me ayudaban a comunicarme con ellos. Por la noche lloraban, llamaban a su madre, tenían pesadillas… y yo los acogía cerca de mí, con cariño, para que se sintieran un poco como en casa.

La comunidad

Formo parte de la parroquia de San Nicolás de Tolentino en Palermo, donde están presentes los misioneros oblatos. Es una comunidad intercultural, donde compartimos muchas actividades juntos: encuentros entre culturas, almuerzos comunitarios, momentos de fraternidad.

También formo parte del Coro Arcobaleno dei Popoli (Coro Arcoíris de los Pueblos), con el que animamos la misa en diferentes idiomas. Gracias al padre Sergio Natoli, que tuvo la capacidad de unir a las comunidades, hoy seguimos llevando adelante este espíritu de unidad y amor a Dios.

Conclusión

Quiero terminar como empecé, con las palabras del papa León XIV, que hizo un llamamiento a la acción y a la solidaridad: debemos unir nuestras fuerzas para garantizar una gestión justa y fraterna de las migraciones.

Gracias.