Intervención del superior provincial P. Javier Monter Infantes OMI, en el Encuentro de la Misión con los jóvenes y las vocaciones de la Provincia Mediterránea
Marino, 20 de septiembre de 2026

Queridos jóvenes, queridas hermanas, queridos hermanos: 

Llegamos al final de estos días con la certeza de haber escuchado mucho, compartido mucho y, tal vez, también con la sensación de tener ante nosotros aún más preguntas de las que teníamos al principio, y esto no es un fracaso. 

Un congreso sobre la misión con los jóvenes no debería dejarnos con un programa perfectamente elaborado, como si bastara con aplicar algunas técnicas para acercarnos a los jóvenes. Más bien debería hacernos más atentos, más inquietos, más dispuestos a dejarnos interpelar por la realidad de los jóvenes y por la forma concreta en que Dios sigue buscándolos. 

Este congreso no es un punto de llegada, sino un paso más en la construcción de un puente entre Italia y España: un puente que no queremos construir solo para los jóvenes, sino con ellos y, en muchos momentos, también gracias a ellos. 

Las preguntas que me surgen han cambiado: 

La pregunta no es solo: ¿qué debemos hacer por los jóvenes? 

La pregunta más profunda es: ¿qué quiere el Señor que nazca en nosotros a través de los jóvenes que nos confía? 

1. Una realidad que ha cambiado 

En estos días hemos reconocido que la realidad juvenil ha cambiado. Los jóvenes viven en una sociedad marcada por la soledad, el aislamiento, la fragilidad emocional, las dificultades relacionales, la incertidumbre sobre el futuro y la necesidad de autonomía. 

Muchos desean ser libres, pero a menudo no han recibido las herramientas para serlo de verdad. Están sobreprotegidos en la vida real y, al mismo tiempo, expuestos y desprotegidos en el mundo digital. Buscan relaciones auténticas, pero tienen miedo al juicio ajeno. Desean ser acogidos, pero tienen miedo de mostrarse tal y como son. 

Viven rodeados de muchas conexiones, pero no siempre de relaciones profundas, con mucha soledad. Esta realidad no afecta solo a los jóvenes; también nos afecta a nosotros. 

También nuestra vida religiosa, nuestras comunidades y nuestras estructuras han cambiado. Recuerdo cómo era mi vida comunitaria hace veinte años en Pozuelo: después de comer, nos reuníamos todos para ver la televisión y comentar las noticias del telediario. Hoy todo es diferente también para nosotros… 

No podemos pensar en acompañar a los jóvenes con modalidades, lenguajes y certezas propias de otra época. No basta con decir: «En nuestros tiempos era diferente». De hecho, es diferente. Y el Evangelio nos pide no que lamentemos el pasado, sino que reconozcamos dónde está actuando ya el Espíritu hoy. A veces no lo decimos, pero nuestra estructura pastoral pertenece a otra época. Seguimos trabajando con estructuras que pertenecen a hace muchos años. 

2. La pasión por los jóvenes 

En estos días hemos hablado de herramientas, itinerarios, experiencias, grupos, formación y acompañamiento. Todo esto es necesario. Pero nada puede sustituir a la pasión. 

La primera prioridad de la misión con los jóvenes no es encontrar el método perfecto. Es preguntarnos si en nuestro interior sigue existiendo una pasión viva por los jóvenes. ¿Reconoces en ti esta pasión? 

No una pasión posesiva, que quiera adueñarse de un grupo. Sino una pasión desinteresada, capaz de decir: «Me interesa tu vida. Me importa tu camino. Estoy dispuesto a caminar contigo, aunque no sepa adónde llegarás». … 

Me hago una pregunta: ¿Me duele más fracasar en mis propuestas pastorales con los jóvenes o sufrir porque los jóvenes no encuentran a DIOS? 

Me hubiera gustado escuchar esta pasión también directamente de los jóvenes, y no solo que la expresáramos nosotros, los Oblatos. Me hubiera gustado que de ellos surgiera con fuerza la pregunta: «¿Qué nos importa de verdad? ¿Cuáles son los pasos que debemos dar en el trabajo con los jóvenes?». Este congreso surgió de nuestra inquietud, de una propuesta de la administración provincial; sueño con un próximo congreso en el que la propuesta venga de vosotros, los jóvenes. 

Quizá una de las prioridades del futuro sea precisamente esta: no limitarnos a hablar de los jóvenes, sino crear las condiciones para que sean ellos quienes tomen la palabra, propongan, critiquen… 

3. La profecía como estilo 

Ser proféticos en la pastoral juvenil no significa simplemente hacer algo original, utilizar un lenguaje moderno o inventar nuevas actividades. Eso ya lo hacemos, por ejemplo, con la actividad «cena con crimen». 

La profecía cristiana consiste en mirar la realidad con los ojos de Dios y en pronunciar una palabra capaz de abrir un futuro y de interpretar el presente. El profeta no se limita a describir lo que ocurre. Sabe reconocer lo que está naciendo. ¿Qué palabra nueva puede ofrecer hoy el Evangelio a una generación que a menudo se siente perdida? 

Una pastoral profética no se limita a decir a los jóvenes lo que deben hacer. Les ofrece una palabra capaz de devolverles la esperanza, la responsabilidad y el deseo. 

En una época en la que todo parece inmediato, debemos dar testimonio de que aún es posible una fidelidad capaz de generar vida. Esta es una palabra profética: no una palabra contra los jóvenes, sino una palabra a favor de su vida. 

La profecía implica también el valor de reconocer que algunas formas pastorales han quedado obsoletas. No todo lo que hemos heredado debe conservarse tal cual. La fidelidad al carisma no consiste en repetir formas del pasado, sino en vivir hoy el mismo fuego misionero. 

4. Misión con los jóvenes. No solo para los jóvenes, sino con los jóvenes 

Hemos cambiado el nombre, ya no es «pastoral juvenil», pero ¿cuánto ha cambiado realmente nuestra forma de enfocar la pastoral con los jóvenes? ¿No seguimos viviendo una pastoral muy centrada en los Oblatos? 

No basta con hacer cosas para los jóvenes. Debemos aprender a recorrer el camino con ellos. Esto significa reconocer su protagonismo real, no solo simbólico. No convocarlos para que aprueben decisiones ya tomadas o para que colaboren en algunas actividades porque necesitamos mano de obra, sino involucrarlos en la lectura de la realidad, en la planificación y en la evaluación de nuestras propuestas. El joven no debe ser solo destinatario de la misión. Es sujeto de la misión. 

Por eso debemos fomentar responsabilidades concretas, que los jóvenes acompañen a otros jóvenes, espacios de escucha y momentos en los que puedan decir también lo que no funciona. SON ELLOS QUIENES PUEDEN GARANTIZAR LA CONTINUIDAD de la misión. 

Una comunidad juvenil no crece cuando los adultos lo hacen todo bien. Crece cuando los jóvenes aprenden, prueban, se equivocan, vuelven a empezar y asumen responsabilidades reales. 

La misión con los jóvenes no consiste simplemente en pedirles que hagan lo que nosotros hemos pensado. No podemos convocarlos únicamente para llevar a cabo proyectos ya decididos, completar actividades o ejecutar programas. Debemos aprender a pensar con ellos y como ellos. Si queremos una pastoral profética, debemos aceptar que los jóvenes puedan ver algo que nosotros aún no vemos. 

Pensar con los jóvenes también significa dejarse cuestionar. Significa permitir que sus preguntas cambien nuestras prioridades, que sus inquietudes pongan en tela de juicio nuestras certezas y que sus sueños amplíen nuestra imaginación misionera. 

No se trata de dejarlo todo en manos de los jóvenes ni de renunciar al papel de los adultos. Se trata de asumir una responsabilidad compartida: los adultos aportan experiencia, memoria, fe y discernimiento; los jóvenes aportan intuición, creatividad, nuevos lenguajes y una mirada hacia el futuro. 

5. Colaborar con un modelo ya creado no es corresponsabilidad 

Colaborar con un modelo ya creado y programado no significa necesariamente vivir una verdadera corresponsabilidad. En este caso, se corre simplemente el riesgo de adherirse a una estructura ya definida, aplicando indicaciones, roles y objetivos establecidos por otros. 

La corresponsabilidad surge cuando cada persona participa activamente en el discernimiento, la planificación y la realización de la misión común. No se trata solo de colaborar en algo que ya existe, sino de contribuir a pensarlo, evaluarlo y, cuando sea necesario, transformarlo junto con los demás. 

No quiero entrar en otras cuestiones, como quién garantiza la continuidad del carisma o si solo nosotros podemos custodiarlo. Ser corresponsables significa, por tanto, reconocer que la misión no pertenece a una sola persona ni a un grupo reducido, sino que está confiada a todos. Cada uno está llamado a aportar su propia experiencia, su sensibilidad y sus dones, asumiendo una responsabilidad real en las decisiones y en el camino común. 

6. No son jóvenes a los que hay que corregir 

Debemos tener cuidado de no mirar a los jóvenes únicamente a través de sus fragilidades. No son simplemente una generación problemática, distraída o incapaz de asumir responsabilidades. Son jóvenes que llevan heridas, pero también deseos; que conocen el miedo, pero también una gran sed de verdad; que a veces se cierran, pero que aún saben abrirse cuando encuentran a alguien capaz de acogerlos sin juzgarlos. 

No nos encontramos con jóvenes a los que hay que arreglar. Nos encontramos con personas a las que hay que escuchar, acompañar y amar. 

La fragilidad no es un obstáculo previo a la evangelización. A menudo es el lugar en el que una persona puede descubrir que no está sola, que es llamada por su nombre y que es amada por Dios. 

Por eso, la pastoral juvenil no puede separarse del cuidado de la persona. 

También podemos encontrar estas fragilidades en nuestro interior; el problema no son las fragilidades, sino cómo somos capaces de integrarlas en nuestra humanidad. 

7. El centro es el encuentro con Cristo 

No podemos olvidar el centro de nuestra misión. ¿”Para quién” es algo que recordar cada día? ¿Y por qué hago lo que hago? ¿Y cómo lo hago? 

Todo lo que hacemos —el grupo, el servicio, la formación, la experiencia misionera, la fraternidad, la atención a las fragilidades— encuentra su pleno sentido si conduce a un encuentro personal con Jesucristo. 

No solo a un conocimiento teórico de Jesús. No solo a una pertenencia eclesial, a un grupo. No solo a la participación en actividades. Sino a un encuentro personal: el momento en el que un joven comprende que Cristo no es una idea, una tradición o un conjunto de normas, sino una presencia viva que lo mira, lo ama y le dirige una palabra concreta. 

También nosotros estamos llamados a crear lugares, momentos y experiencias en los que un joven pueda decir: «Aquí he percibido que Dios me ama. Aquí he podido estar ante Él sin máscaras. Aquí he sentido que mi vida tiene sentido». 

8. Todo es evangelización y oportunidad de encuentro 

Debemos ampliar nuestra idea de evangelización. Evangelizar no significa solo hablar explícitamente de Jesús, aunque llegará el momento de anunciarlo con claridad. Evangelizar significa también crear condiciones en las que una persona pueda redescubrir su dignidad, la confianza, el deseo de vivir y la capacidad de entregarse. 

Todo puede convertirse en evangelización cuando se vive según la lógica de Cristo: cercanía, gratuidad, paciencia y misericordia. Todo puede convertirse en evangelización. 

9. Acompañar procesos 

Una de las palabras más importantes que llevamos con nosotros es: procesos. No podemos pretender resultados inmediatos. No podemos medirlo todo por el número de participantes, la continuidad de la asistencia o la rapidez con la que un joven asume un compromiso. La vocación, la fe y la maduración humana requieren mucho tiempo. 

Acompañar significa respetar esos tiempos, sin renunciar a la propuesta. Significa no sustituir al joven, sino ayudarle a convertirse en protagonista. Significa aceptar que un joven pueda tomar una decisión que no compartimos, sin por ello dejar de quererle. 

Nosotros sembramos, pero no somos dueños del crecimiento. Incluso cuando hay un cambio de Oblato, el camino de los chicos no depende solo de nosotros, sino que continuará con quien venga después de ti. Los jóvenes no son nuestros. Son de Dios, y su proceso no depende solo de nosotros.

Esta convicción nos libera de la necesidad de controlar y nos devuelve la alegría y la libertad de servir. Nos permite acompañar sin poseer, proponer sin manipular, corregir sin humillar y dejar ir sin abandonar. 

10. La vocación como pregunta abierta 

Quizá debamos cambiar la forma de hablar de la vocación. La vocación no es, ante todo, una campaña para conseguir nuevas vocaciones a la vida consagrada. Es el descubrimiento de que cada vida está llamada, amada y enviada. Es suscitar preguntas, antes que dar respuestas. 

La primera pregunta vocacional no es: «¿Te harás oblato?», sino que debería ser: «¿Para quién estás dispuesto a vivir?». 

Debemos tener el valor de plantear a los jóvenes la pregunta: «¿Qué quiere Dios de mí?». Pero debemos hacerlo sin miedo, sin presiones y sin presentar la vocación como una pérdida de libertad. 

La vocación cristiana no es, ante todo, una renuncia. Es una vida que encuentra sentido, fecundidad y alegría en la entrega de sí mismo. 

Una pastoral auténticamente vocacional no recluta personas para garantizar el futuro de nuestras estructuras: genera espacios en los que cada joven pueda discernir su propio futuro ante Dios. Quizá, entonces, la cuestión no sea solo cómo atraer nuevas vocaciones, sino si estamos dispuestos a transformar nuestras estructuras para que puedan acoger, acompañar y liberar la vocación de cada joven. 

Quizá no debamos preocuparnos por el número de vocaciones, sino que debamos vivir auténticamente como Oblatos. Solo cuando dejemos de preocuparnos por las vocaciones, quizá lleguen los nuevos candidatos. 

11. La vocación como reconocimiento creativo de la propia respuesta 

La vocación no es simplemente algo ya predefinido que deba descubrir, como si existiera un único camino establecido de antemano. La vocación tiene más bien que ver con el reconocimiento de lo que soy, de los dones que he recibido, de los deseos profundos que habitan en mí y de la forma concreta en que puedo servir mejor al Señor y a los demás. 

No se trata, por tanto, de elegir pasivamente entre un camino ya trazado y otro, como si mi vida fuera una respuesta ya preparada. Se trata de escuchar la llamada de Dios y de elaborar, con libertad y responsabilidad, la respuesta más auténtica posible. 

La vocación es una llamada, pero también una tarea creativa. Dios no solo me pide que encuentre una respuesta ya preparada: me invita a tomar conciencia de quién soy y a inventar, día tras día, la forma concreta de vivir el Evangelio según mi historia, mis capacidades y las necesidades del mundo. 

12. Algunas prioridades concretas para el futuro de la misión con los jóvenes y las vocaciones.

De estos días surgen algunas prioridades para nuestro camino: 

Una comunidad que sea un hogar: los jóvenes necesitan un lugar donde puedan ser ellos mismos, no solo una sala donde realizar actividades. 

Adultos formados: Se necesitan Oblatos y laicos capaces de estar presentes, de escuchar, de discernir y de actuar con generosidad. 

Experiencias misioneras auténticas: la misión no puede ser solo un tema que tratar. Debe convertirse en una experiencia concreta, compartida y planificada con los jóvenes. 

Una red entre territorios: España, Italia y Rumanía pueden convertirse en un laboratorio común de misión juvenil, intercambio, formación y discernimiento. 

El valor de salir: La comunidad es necesaria, pero no puede convertirse en un refugio cerrado. Nuestros grupos deben salir al encuentro de los pobres, las periferias, los jóvenes alejados y las realidades que aún no conocemos. 

Espacios de reflexión compartida: Debemos crear lugares en los que adultos y jóvenes puedan pensar juntos, no solo trabajar juntos. La pastoral del futuro necesitará talleres de escucha, equipos mixtos, consejos juveniles y procesos de discernimiento verdaderamente participativos. 

Salgamos con más preguntas: 

Me gustaría que saliéramos de este congreso no solo con algunas respuestas prácticas, sino con preguntas más auténticas: 

  • ¿Cómo podemos anunciar a Cristo a los jóvenes que atraviesan dificultades? 
  • ¿Cómo podemos construir comunidades en las que nadie tenga que presentarse con una máscara? 
  • ¿Cómo podemos hablar de vocación sin generar miedo? 
  • ¿Cómo podemos acompañar las fragilidades sin reducir el Evangelio a una terapia? 
  • ¿Qué palabra nueva nos pide el Señor que ofrezcamos a los jóvenes de hoy? 

Quizá aún no tengamos las respuestas. Pero hemos comprendido que algunas preguntas no son un problema que hay que resolver: son una llamada que hay que escuchar. 

El futuro de la pastoral juvenil no dependerá únicamente de nuestras estructuras, de nuestros programas o de nuestras herramientas. Dependerá de la calidad de nuestra presencia y de nuestra capacidad para dejarnos convertir. 

Un joven puede olvidar una actividad, una charla o un tema tratado. Pero difícilmente olvidará a un adulto que lo miró con confianza cuando él ya no podía confiar en sí mismo. 

Difícilmente olvidará una comunidad en la que se haya sentido acogido.  

Difícilmente olvidará la experiencia de haber sido llamado por su nombre. 

Y, a través de todo esto, tal vez pueda reconocer el rostro de Cristo. 

Pidamos, pues, al Señor no solo que nos dé mejores estrategias, sino un corazón más misionero. No solo más iniciativas, sino más cercanía. No solo más palabras, sino una presencia creíble. No solo respuestas que ofrecer, sino preguntas que compartir juntos. 

Que nos conceda la paciencia para acompañar, el valor para proponer, la humildad para aprender de los jóvenes y la libertad para dejar que sean ellos, junto a nosotros, quienes construyan el futuro. 

Gracias por estos días. Gracias por las preguntas que nos llevamos a casa. Y gracias, sobre todo, a los jóvenes, porque a través de su vida siguen recordándonos que la misión no es algo que poseemos: es una llamada que recibimos cada día.