Del 18 al 26 de abril se realizó en Mugnano di Napoli la misión popular titulada «¡Sotto chi tene core!» (La frase está tomada de una canción napolitana y significa «Quién tenga corazón, que dé un paso adelante»).

El equipo, muy numeroso, estaba compuesto por oblatos, religiosos de cinco congregaciones diferentes, consagradas, laicos y jóvenes de la familia oblata.

Fueron unos días de gran participación. La comunidad parroquial, desde el primer momento, se sumó a la invitación a la misión y la participación fue en continuo aumento.

El programa fue muy rico y resultó especialmente significativa la misa del 25 de abril presidida por el cardenal Domenico Battaglia, arzobispo de Nápoles. Al concluir su homilía, muy inspirada, dijo entre otras cosas:

Una comunidad que ha vivido una misión no puede quedarse encerrada en el recinto de sus propias seguridades, contándose y regodeándose de lo bien que lo ha hecho.  La misión ha consistido en esto: el pastor ha pasado por vuestras casas para deciros que ninguna oveja está «perdida» para siempre. Pero hay un detalle en este Evangelio que huele a camino: cuando ha sacado fuera a todas sus ovejas, camina delante de ellas. ¿Sentís la fuerza de este verbo? Sacar fuera. La Iglesia debe salir fuera. Fuera de las sacristías, fuera de las costumbres cansinas, fuera de los prejuicios. El pastor no se queda atrás para controlar, se pone delante para abrir el camino. Si esta misión solo os ha dejado un bonito recuerdo, entonces hemos fracasado. Si, en cambio, os ha dejado la inquietud de quien ya no puede quedarse sentado mientras fuera hay alguien que tiene hambre de dignidad, de ser escuchado, de pan y de Dios, entonces la misión acaba de empezar.

El equipo también contaba con cuatro clérigos de la Orden de la Madre de Dios de San Juan Leonardi. Entre ellos, Luigi, diácono, compartió algo de su experiencia:

“Partí de Roma hacia la Misión de Mugnano lleno de expectativas y con el sincero deseo de aprender de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada cómo vivir y organizar una misión popular. Pensaba ir para observar, escuchar, aprender. En realidad, al final de la Misión puedo decir que el Señor me ha sorprendido una vez más: era Él quien me esperaba en Mugnano, para reavivar y consolidar mi vocación a la vida religiosa, en el camino hacia la Ordenación Presbiteral. Regreso a la comunidad lleno de alegría. He entregado una parte de mi vida a muchos, he recogido lágrimas y sonrisas en las familias visitadas, he pasado horas preciosas en los institutos junto a los jóvenes. (…) La experiencia de la misericordia de Dios, por fin, me ha recordado que quien tiene corazón debe velar por no encerrarlo en esquemas, por no reprimirlo, sino por custodiarlo en el mismo corazón de Dios.”

Nos han llegado muchos mensajes de los habitantes de Mugnano nada más terminar: mensajes llenos de asombro y gratitud. Sebastian, responsable de los ministros de la Eucaristía de la parroquia, nos ha escrito:

“San Eugenio decía: «No dejarán nada sin intentar», y en esta misión lo habéis hecho. Gracias por habernos escuchado hasta tan tarde, por las visitas a los enfermos, pero sobre todo gracias por habernos enseñado a mirar a María como modelo del «SÍ». Vuestras palabras sencillas, el testimonio de vuestra vida y vuestra disposición a escuchar han encendido en muchos el deseo de vivir nuestra cristiandad como misioneros. Gracias por recordarnos que la fe se vive en el día a día, y no solo los domingos, en la atención a los más desfavorecidos y en la alegría del Evangelio. Llevaré en mi corazón vuestro estilo oblato, cercano a la gente.”

Por último, el joven párroco, don Antonio Di Guida, un torbellino que tanto ha hecho en estos años por construir y mantener viva la comunidad parroquial y que ha creído firmemente en la misión, quiso expresar el agradecimiento de la comunidad en la misa de clausura con estas palabras:

«Queridos misioneros oblatos,

habéis recorrido nuestras calles no solo con los pies, sino con el corazón abierto, dejando huellas que no se borran. No habéis sido simples huéspedes, sino una presencia viva, un aliento compartido, el Evangelio encarnado entre nuestras casas, en los pliegues de la cotidianidad, en los silencios y en las fatigas.

Espero de verdad que aquí hayáis encontrado un hogar: no perfecto, no sin límites, pero auténtico, capaz de acogeros y de dejarse transformar por vosotros. Si aunque solo sea por un momento os habéis sentido acogidos, entonces ha sucedido algo bello y verdadero. Y nosotros, a nuestra vez, llevaremos dentro un fragmento de vuestro paso: en vuestras miradas hemos reconocido una luz, en vuestras palabras una fuerza amable, en vuestras vidas entregadas una llamada que permanece.

Gracias por habernos enseñado que el Evangelio no está lejos, sino que se hace carne en los gestos sencillos, en las relaciones verdaderas, en la capacidad de detenerse junto a cualquiera. Habéis hecho visible una belleza que a menudo olvidamos: la de una fe que camina, que escucha, que se entrega sin reservas.

A cada uno de vosotros va dirigida mi sincera gratitud, mi afecto y también —permitidme— un profundo orgullo: porque a través de vosotros hemos tocado con la mano la grandeza de una vocación vivida hasta el fondo.

A vosotros, sacerdotes y consagrados, mi más sincero agradecimiento: por la fidelidad silenciosa, por la esperanza guardada incluso en las noches, por la alegría que no se rinde. Seguid siendo signo, semilla y promesa.

Y mientras partís, llevad con vosotros un pedacito de esta comunidad, así como nosotros guardaremos el don de vuestra presencia. Que cada camino os acompañe, que cada encuentro os renueve, y que cada corazón con el que os encontréis pueda reconocer, a través de vosotros, la ternura de Dios.

No es un adiós, sino un hasta pronto en la fe.

Con afecto y bendición».