Queridos hermanos y hermanas,
Celebramos el aniversario de la aprobación pontificia de nuestro Instituto y de sus Constituciones y Reglas. Este año lo hacemos recordando que han pasado 200 años. Al celebrar el bicentenario damos gracias a Dios por todo lo que ha hecho a través de nosotros y humildemente pedimos perdón por nuestros pecados. En estos días tendremos muchas ocasiones de agradecer el paso de Dios por nuestra historia y de pedir perdón por nuestra falta de generosidad y coherencia a la hora de vivir este hermoso carisma. Agradezco a los que prepararon el programa del bicentenario en la casa general por su generosidad. También agradezco la presencia de los representantes de los Oblatos de las cinco regiones que han venido a celebrar con nosotros. Agradezco las celebraciones que se están haciendo por todo el mundo y a todos los que están conectados virtualmente en estos momentos. ¡Gracias a Dios y gracias a todos! Queremos comenzar a dar los primeros pasos de nuestro tercer centenario con un corazón renovado para poder seguir trasmitiendo el fuego del carisma.
Permítanme compartir una experiencia personal. Terminando nuestro noviciado se nos entregó el librito de las CC y RR. Era la nueva edición que acababa de ser aprobada por la Santa Sede en 1982. Entonces escuchamos solemnemente: ¡haz esto y vivirás! Como novicio yo había rezado en muchas ocasiones pidiendo a Dios que nos enviara un profeta que nos hiciera revivir con el fuego de san Eugeno la belleza de nuestra vocación. Escribí en un papelito esa oración y la deposité en el librito de las Reglas. Posteriormente nació en mi interior la percepción de un mensaje: ¡tú eres ese profeta que estás pidiendo, tú eres ese profeta que estás esperando!
Esto me hizo comprender algo que se ha confirmado en múltiples ocasiones a lo largo de mi vida. Los cambios que espero, que esperamos, para cumplir lo más verdadero de nuestros sueños, no dependen de nadie más que de mí, de nosotros. El profeta que esperamos eres tú y soy yo. El profeta es el que se ha dejado trasformar por el fuego de Dios y se convierte en llama que arde y alumbra. El profeta que nos hará vivir con nuevo entusiasmo y celo el carisma recibido eres tú y soy yo. Dejémonos trasformar por el Espíritu, siguiendo las inspiraciones de nuestras CC y RR. Haz esto y vivirás nos dijeron. Haz esto y renovarás nuestra familia, haz esto y vivirás en comunidades proféticas, haz esto y anunciarás la Buena Noticia de Jesucristo a los pobres.
Dios me ha dado la gracia de poder vivir en distintos lugares y servir en variados ministerios. En todo tiempo he encontrado en las CC y RR la luz para vivir con alegría el Evangelio. Ellas han inspirado la creatividad misionera y me han empujado para estar cerca de los más abandonados. He sido testigo de cómo nuestras CC y RR han generado nuevas formas de vivir el carisma entre los laicos y los jóvenes. También he sido testigo del nacimiento de nuevas formas de vida consagrada inspiradas en ellas.
Todas estas experiencias me han hecho comprender que nuestras CC y RR son importantes para encarnar el Evangelio al modo oblato. El Fundador decía que no son bagatelas. Es un libro que la Iglesia ha confirmado como camino de santidad evangélica y misionera. Siguiendo sus inspiraciones llevamos a plenitud nuestra vocación bautismal y nos dejamos trasformar para convertirnos en “otro Cristo” que anuncia el Evangelio a los más pobres. Ellas nos iluminan para hacer de nuestras comunidades signos proféticos de vida que alimentan la esperanza desde la caridad y la obediencia. Cada uno de nosotros está llamado a hacer carne nuestro carisma con fidelidad creativa. Ayudémonos mutuamente a hacer realidad el sueño sembrado por el Espíritu Santo en nuestro Fundador y sus compañeros.
Hace doscientos años san Eugenio escribía: “La conclusión que debemos sacar, mis queridos amigos y buenos hermanos, es … que tenemos que adherirnos de corazón y de alma a nuestras Reglas”. Creo que la mejor manera de hacerlo es renovando nuestra oblación. ¡Qué bello es pensar que toda nuestra familia carismática renovará su oblación el día del bicentenario en la liturgia de acción de gracias por nuestra vocación! Pienso con emoción en los oblatos que lo harán en las circunstancias más difíciles: nuestros hermanos en Ucrania a los que no olvidamos en nuestra oración. Los que sufren violencia en tantos lugares. Los que renovarán su oblación allá donde la falta de libertad religiosa, las restricciones sociales, las inadecuadas condiciones materiales o los desastres naturales, dificultan su labor evangelizadora. También en nuestros amados ancianos y enfermos. A todos ellos y a todos nosotros digo que son preciosos para nosotros, que renovar nuestra oblación nos hace bien, hace bien a la Iglesia y a los pobres a los que somos enviados. Invito a renovar su oblación también aquellos que dudan, están probados o tienen tentación de abandonarnos. ¡Renovémonos en nuestra vocación oblata! ¡Renovemos nuestra oblación con fe, esperanza y amor! ¡Renovemos nuestra oblación y caminemos como peregrinos de esperanza en comunión al inicio de nuestro tercer centenario!
Considero este mensaje de hoy como un complemento de mi carta a toda la familia carismática con fecha del 17 de febrero y las dos homilías que estoy proclamando en estas fechas: la del 25 de enero pasado y la del inminente 17 de febrero. Cuando el Fundador escribió anunciando el nuevo nombre de nuestra congregación, Oblatos de María Inmaculada, conectó el nombre de María, con la vida de santidad y con la fecundidad de nuestra familia misionera. Seremos fecundos si somos santos como María. Con san Eugenio hoy digo: ¡en el nombre de Dios, seamos santos! En este tercer centenario que estamos comenzando, seamos santos como María para vivir y anunciar el Evangelio a los más pobres. Que el Señor nos bendiga a todos.
Alabado sea Jesucristo y María Inmaculada.
Luis Ignacio Rois Alonso, OMI
Superior General
