Queridos hermanos y hermanas.

Celebramos el bicentenario de la aprobación pontificia de nuestras CC y RR y de nuestro Instituto misionero. ¡Demos gracias a Dios! Recordamos con agradecimiento a los que nos han precedido, esa multitud de testigos que nos contempla y que pertenecen a nuestra comunidad del cielo. Desde allí se unen a nuestra celebración san Eugenio de Mazenod, los 30 oblatos y dos laicos beatificados y todos los que han llegado a la meta y han hecho realidad la consigna del Fundador : ¡en el nombre de Dios, seamos santos!

Al dar gracias a Dios por nuestra vocación, sentimos la responsabilidad de custodiar el legado de aquellos que han escrito páginas heroicas abrazando las misiones más difíciles, sin más miras que la gloria de Dios, el bien de la Iglesia y la edificación y salvación de las almas. El legado de los que han derramado su sangre por amor a Cristo y a los pobres y el de aquellos que han perseverado fielmente en los servicios más humildes. Todos ellos son modelo de vida que nos animan a intentarlo todo para anunciar la Buena Noticia a los más abandonados.

Al celebrar este bicentenario queremos pedir a Dios la gracia de abrazar nuestra vocación con renovado celo y entusiasmo. Las CC y RR son nuestra hoja de ruta para navegar evangélicamente en nuestro mundo convulso y complejo. Un libro de vida que queremos custodiar en nuestro corazón y en nuestros labios. ¡Haz esto y vivirás! nos han dicho solemnemente al entregarnos las CC y RR el día de nuestra oblación. Encarnemos el espíritu de las CC y RR y tendremos vida en abundancia llevando a plenitud nuestra vocación.

Hace 200 años el papa León XII aprobó las CC y RR confirmándolas como un camino de santidad misionera. Hoy, a la escucha del sucesor de Pedro y pensando en toda nuestra familia carismática, me atrevo a formular tres propuestas que nos ayuden a dar los primeros pasos de nuestro tercer centenario como oblatos místicos, profetas y misioneros.

El oblato del tercer centenario, o será místico o no será. Nuestro carisma nació de un encuentro personal entre Eugenio de Mazenod y Jesucristo crucificado. Fue un cruce de miradas que trasformó su vida para siempre. Con sus ojos fijos en el crucificado Eugenio aprendió, como los Apóstoles del Evangelio, a conocer más íntimamente a Jesús, identificarse con Él y dejarlo vivir en sí mismo. A través de la mirada del crucificado también nosotros vemos el mundo rescatado por su sangre. Esta mirada nos hace descubrir a Dios en todo y en todos, en la Palabra, los sacramentos, la oración así como en nuestra historia, en nuestra vida y en los pobres. La mirada del crucificado nos trasforma y nos va haciendo otros cristos enviados a evangelizar a los pobres. Esta es la clave de la mística oblata que no nos aleja del mundo, al contrario, nos hace percibir con más profundidad sus necesidades de salvación. Es una mística capaz de ver a Cristo en los pobres y capaz de mirar a los pobres con la mirada de Cristo.

Nuestro mundo promueve una adicción permanente a la distracción. No es fácil en estas circunstancias adquirir esta mirada que nos hace ser uno con Cristo en su oblación. Las CC y RR proponen un camino espiritual que requiere esfuerzo y perseverancia. Concentremos todas nuestras energías en hacerlo posible, en aprender a mirar a Cristo y aprender a mirar como Cristo mira. Concentremos nuestros esfuerzos en renovar nuestra oblación que nos hace ser otros “cristos” que se ofrecen por la salvación de la humanidad. Los pobres tienen derecho a encontrar en nosotros hombres que los miran con la mirada de Jesús, hombres que se entregan a ellos como lo hace Jesús. Digamos con nuestras vidas que el oblato del tercer centenario que comenzamos, o será místico o no será.

Será profeta o no será:  Las CC y RR nos recuerdan que para evangelizar tenemos que predicar el Evangelio ante todo con nuestra manera de vivir. Las CC y RR son una escuela de vida evangélica. El papa León XIV ha interpelado a los consagrados sobre la dimensión profética de nuestras vidas. Las CC y RR presentan los consejos evangélicos con esta dimensión profética en contraste con un mundo que se mueve por valores opuestos al Evangelio. La pobreza, la castidad y la obediencia evangélicas vividas con radicalidad son profecía que denuncia las relaciones egoístas, los abusos de poder y el espíritu de dominación. Nuestra manera de vivir los votos son levadura de las Bienaventuranzas en el corazón del mundo y así es como anunciamos el mundo nuevo nacido de la resurrección de Jesucristo en el que todo lo creado alcanzarán la plenitud de la justicia. Es urgente abrazar la profecía ayudándonos a vivir con más radicalidad y pureza nuestra consagración bautismal y nuestra consagración religiosa.

Somos profetas en comunidad. Dicen nuestras CC y RR que lo propio de una comunidad local es ser signo profético que da al mundo razones para esperar en la búsqueda de integridad y de armonía. El papa León XIV pide «que cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón”. Hagamos de nuestras comunidades y familias un oasis y una escuela de paz desarmada y desarmante. Que sean hogares donde se vive la caridad que nos hace hermanos y hermanas, que sean escuelas de reconciliación en el amor. Las CC y RR nos enseñan a vivir proféticamente en comunidad, reproduciendo la unión de los apóstoles con Jesús y participando de su misma misión. Viviendo la caridad recordémonos mutuamente que el oblato del tercer centenario será profeta y lo será en comunidad, o no será.

Será misionero con los pobres o no será: Hemos nacido para proclamar el Evangelio a los más abandonados. Es nuestra identidad en la Iglesia. Las CC y RR son un programa de vida en el que todo está orientado a esa misión. Nuestras comunidades, nuestros votos, nuestra formación, nuestras estructuras, etc. todo eso tiene sentido solo si nos convierte en mejores misioneros de los pobres. Y para serlo tenemos que estar siempre cerca de ellos, identificándonos con ellos, dejándonos evangelizar por ellos. El papa León XIV dice que hoy necesitamos no poner límites al amor, no conocer enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar. Nuestro carisma nos sitúa en las periferias de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Nos empuja a ir allí donde nadie quiere ir, donde no hay prestigio, donde la Iglesia no llega con sus medios ordinarios de evangelización. En este inicio del tercer centenario tenemos que renovar ese celo apostólico que nos caracteriza que nos hace renunciar a nosotros mismos e intentarlo todo para anunciar a Jesucristo.

Hoy escuchamos los nuevos gritos de los pobres en nuestra madre Iglesia: los migrantes, los habitantes del mundo virtual y tecnológico, los que sufren la guerra y las injusticias, nuestra casa común y otros. Escuchamos también los gritos de los pobres en nuestras Iglesias particulares para intentar responder. El papa nos dice cómo hacerlo: tenemos que hacernos uno con los pobres, vivir con ellos y como ellos, sentirlos como nuestra propia carne. No se trata de hacer cosas por los pobres sino de ser con ellos misioneros y actores de trasformación en nuestro mundo. También afirma que la garantía evangélica de una Iglesia que es fiel al corazón de Dios es nuestro amor sincero a los más pobres. El amor sincero y cercano a los pobres es la garantía de nuestra fidelidad a la vocación oblata. Las CC y RR invitan a vivir la pobreza evangélica de modo que podamos alcanzar una más íntima comunión con Cristo y con los pobres. Siguiendo estas invitaciones podemos afirmar que el oblato del tercer centenario será un misionero con los pobres o no será.

Madre Inmaculada, Virgen de la sonrisa.
Tú has acompañado a nuestra familia desde su nacimiento,
has sido testigo y confidente de nuestras alegrías y sufrimientos misioneros,
nos has ayudado a ser fieles en medio de tormentas,
Tu sonrisa ha sido una caricia de esperanza en momentos de prueba.

Al comenzar nuestro tercer centenario, te pedimos, Virgen de la Sonrisa,
Que nos ayudes a vivir la mística del que sabe mirar como mira el Crucificado
La mística de quien acoge y encarna la Palabra de Dios para dársela al mundo,
La mística del que se hace testigo del absoluto en la sencillez de la vida cotidiana.

Que tu sonrisa nos haga ser profetas y levadura de las Bienaventuranzas,
Que nuestras comunidades sean hogares como el tuyo en Nazaret:
Una casa que acoge a Cristo y a los pobres,
un hogar que anticipa y anuncia la nueva humanidad reconciliada en el amor.

Madre de los pobres, ayúdanos a ser uno con ellos y anunciar con ellos el Reino de tu Hijo.
Que aprendamos a escucharlos y nos dejemos evangelizar por los pobres,
que con ellos y contigo seamos misioneros audaces y generosos,
cuidando nuestra casa común y cuidándonos unos a otros con amor.  

Santa María Inmaculada, ayúdanos a ser santos, místicos, profetas y misioneros en la Iglesia y para el mundo, como tú lo has sido, lo eres y serás para siempre.
Y que un día podamos formar parte de esa comunidad celeste que te rodea en el cielo.
Madre Inmaculada, Virgen de la sonrisa, ruega por nosotros. Amén