Doscientos años después seguimos aquí. Nunca podemos acostumbrarnos a este milagro, una historia que va adelante después de 200 años de historia. Debemos dar gracias a Dios porque, más allá de nuestras fragilidades, errores, incoherencias… seguimos aquí, no porque nosotros seamos los mejores, sino porque es Dios quien lleva adelante nuestra historia. Estos 200 años de historia no hablan de nosotros, no hablan de nuestra misión, hablan de Dios.

El 15 de febrero de 1826, hace 200 años, en esta Iglesia de Santa María in Campitelli, San Eugenio rezaba mientras una comisión de cardenales (Pacca, Pedicini y Pallotta) se reunía en el palacio de enfrente para examinar las Constituciones en vista de la aprobación pontificia. Eugenio elige esperar en la iglesia, rezar, celebrar la misa.

Hoy, en esta misma iglesia, nos volvemos a reunir toda la familia oblata: los oblatos, los laicos, las consagradas, toda la familia carismática en torno a este carisma que es un don para toda la Iglesia.

Celebrar el aniversario no es solo recordar una fecha o un momento histórico en nuestra congregación; es un momento de gracia. En estos días pidamos para los oblatos y para toda la familia carismática renovar nuestro deseo de vivir con fidelidad creativa y con pasión las CCRR, que podamos encarnar con un corazón nuevo las CCRR en nuestra vida cotidiana.

Es fácil, o relativamente fácil, preparar o recordar un evento y organizar una fiesta, pero es más difícil renovar el corazón, es un don, es una gracia. Pidamos esta gracia para todos los oblatos del mundo, para toda la familia carismática, para todas las realidades que han nacido en torno a nuestro carisma.

Con esta celebración inauguramos una semana de gracia para toda la congregación.

  1. CCRR Y LA CRUZ

En el centro de la celebración no está el libro de las CCRR, hemos puesto la Cruz, porque es la regla de oro de san Eugenio. La cruz es el resumen de todas nuestras CCRR.

Para san Eugenio; la Cruz y las Constituciones‑Reglas no son dos realidades paralelas, sino la misma gracia vivida: la Cruz es la experiencia originaria y las Reglas son la forma concreta y estable de vivir esa experiencia en la vida cotidiana.

Punto de partida: la Cruz del Viernes Santo de 1807

El gran cambio en la vida de Eugenio tiene lugar delante del Crucifijo, un Viernes Santo de 1807. Contemplando a Jesús en la cruz, descubre su propio pecado y la misericordia sobreabundante del Salvador: se siente mirado, amado y perdonado personalmente, y esto le impulsa a entregarse totalmente a Cristo y a los más abandonados.

A partir de ese momento su existencia se concentra en Jesús crucificado; de ahí nace tanto su elección del sacerdocio como la preferencia por los pobres y los “abandonados” que marcará toda su vida.

De la experiencia a la forma de vida: nacen las Reglas.

Las Constituciones y Reglas se convierten así en el “lugar” donde su experiencia de la Cruz se traduce en opciones concretas: la misión hacia los más pobres y abandonados, la vida fraterna, la práctica de los consejos evangélicos, el celo por la salvación de las almas.

La cruz ocupa un lugar privilegiado en nuestro carisma y en nuestras Constituciones y Reglas:

La Cruz está en el centro, en las Reglas y en la vida y misión del Fundador.

La cruz es el contenido de nuestra predicación: “La cruz de Jesucristo está en el centro de nuestra misión. Como el apóstol Pablo, predicamos a Cristo y a Cristo crucificado”.

La cruz es el modo en que miramos al mundo, bajo la mirada de Cristo Crucificado. Los pobres son el rostro concreto de la cruz. Desde la Cruz, Eugenio aprende a reconocer en los más abandonados el rostro de Cristo sufriente. Las Constituciones definen nuestra congregación como “misionera”, con un servicio principal a los más abandonados, a los pobres “con sus muchos rostros”.

Nuestros votos: pobreza, castidad, obediencia, perseverancia, son el camino para identificarnos con Jesús pobre, casto y obediente hasta la muerte de cruz.

La cruz es la lógica de nuestra vida, la dinámica que nos permitirá crecer. La Regla propone una vida que, muriendo al propio egoísmo, deja vivir en nosotros a Cristo crucificado y resucitado.

La comunidad es el lugar donde se aprende a llevar la Cruz juntos, donde se experimenta y se carga. Las Constituciones presentan la comunidad apostólica como prolongación de la comunidad de los Apóstoles con Jesús: se vive, se reza y se sufre juntos, para sostenerse mutuamente en la misión.

Si queremos renovar nuestra adhesión a las CCRR, debemos ponernos delante de la cruz y renovar nuestra pasión por Cristo crucificado. Este es el modo concreto en que podemos, paso a paso, día tras día, renovarnos e identificarnos con Cristo crucificado, el ejemplo más grande de oblación.

  1. HAGAMOS UN POCO DE MEMORIA

 “Debemos abrazar con el corazón y el alma nuestras Reglas y practicar con mayor fidelidad cuanto nos prescriben: quedaríamos bien haciendo todos el noviciado para meditar con calma cuanto contienen.”

Nosotros, los oblatos, en el noviciado hemos conocido y profundizado por primera vez nuestras CCRR. Con entusiasmo, con curiosidad, con pasión hemos comenzado a estudiar nuestras Constituciones y Reglas. Seguramente nuestro maestro de novicios, con tanta dedicación pasión nos ha explicado una por una las CCRR. También a los laicos y a las consagradas ha habido alguien que les ha explicado las CCRR.

Hagamos memoria y demos gracias también por aquellos oblatos que quizá nunca nos explicaron con palabras las Constituciones y Reglas, pero nos las explicaron con su vida. Trata de pensar quiénes han sido para ti los oblatos que te han explicado con sencillez el auténtico significado de las CCRR. En la última asamblea provincial de la Provincia Mediterránea hicimos también este ejercicio: era hermoso ver que, para muchos de nosotros, han sido los hermanos quienes, con su sencillez, nos han formado. Debo recordar a los dos grandes hermanos que me han formado personalmente: el hermano Vicente Magaña y el hermano Nicolás.

También nosotros aquí tenemos una responsabilidad: debemos custodiar el carisma oblato y todo nuestro patrimonio espiritual. Debemos pensar que cada uno de nosotros es un libro de las CCRR en el mundo:que camina, que habla, que sirve, que ama, que perdona. Debemos explicar al mundo, con nuestra vida, las CCRR.

Cada uno de los que estamos aquí debe convertirse en una página viva de nuestras Constituciones: ¿la gente lee en ti la pasión por los pobres, la obediencia humilde, la vida comunitaria? ¿O eres tú quien las hojea distraído, sin dejarte plasmar?

Sería hermoso pensar que las personas que no conocen el carisma, a través de nuestra vida, puedan “leer” nuestras Constituciones y Reglas: nuestro amor por los pobres, nuestra pasión por la vida comunitaria, la fidelidad a la oración… etc.

San Eugenio lloraba: “¡Vergüenza si soy un libro sellado!”, pero exultaba: “¡Practicadlas con mayor fidelidad, y Dios bendecirá a nuestra familia!”.

Mira también tu propia historia. Todos nosotros hemos llegado al carisma oblato atraídos por una dimensión: la comunidad, la misión, la predicación, los pobres, etc. ¿Cuál es la regla que encendió tu corazón y te permitió conocer el carisma? Esa es también tu llamada personal.

¿Qué regla enciende hoy tu fuego interior?, ¿El amor a los pobres, la predicación, la cruz, la perseverancia?

¿En qué número de las CCRR necesitas crecer? Hoy puedes pedir esta gracia particular.

Recordemos: no sirven de nada las palabras, los artículos, los números… si falta la pasión y el deseo de identificarnos con Cristo y de dar la vida por los más pobres y abandonados. Si falta el alma, si falta la vida, las CCRR son solo un libro.

San Eugenio exhortaba: “¡Redoblad el fervor en la observancia!”.

En el bicentenario de la aprobación de las Constituciones y Reglas no se celebra solamente un acto jurídico, sino el reconocimiento eclesial de un camino nacido a los pies de la Cruz y alimentado, aquel día, también por la oración silenciosa en Campitelli. Sin la Cruz, las Reglas corren el riesgo de reducirse a un reglamento; sin las Reglas, la Cruz corre el riesgo de quedarse en una simple emoción pasajera.

En la visión de san Eugenio, la Cruz es la gracia que incendia el corazón. Por eso, hoy, honrar el 200.º aniversario significa al mismo tiempo volver al Crucificado –como él aquel Viernes Santo de 1807– y renovar un amor concreto y fiel a las Constituciones.

¿Cómo puedo renovar en mí las CCRR? Renueva en ti la pasión por Cristo Crucificado.

 

Roma, Santa Maria in Campitelli, 15 de febrero 2026

p. Javier Montero Infantes, superior provincial