Queridos oblatos, hermano y hermanas de la familia carismática.
Hoy celebramos el bicentenario de nuestra aprobación pontificia. Junto al sentimiento de profunda alegría está presente en nosotros el de una gran responsabilidad. Alegría al comprobar el paso de Dios en nuestra historia. Responsabilidad de custodiar y trasmitir el carisma que hemos recibido, con fidelidad creativa a la herencia legada por tantos oblatos, consagradas, consagrados y laicos que lo han encarnado.
Quiero agradecer la tarea de animación llevada a cabo para que las celebraciones no sean fuegos de artificio de una noche, sino un auténtico proceso de renovación. Gracias por los nuevos materiales de animación, por los congresos, retiros y encuentros celebrados y que se celebrarán durante este año. Sería imposible enumerar las iniciativas de las distintas Unidades. En Roma estamos celebrando unas jornadas de animación con conversaciones espirituales, peregrinaciones, oraciones para dar gracias y pedir perdón y, como punto culminante, la audiencia que el papa León XIV nos ha concedido. Todos esos momentos son un regalo para crecer en comunión y renovarnos en nuestra vocación.
Celebrar el carisma nos lleva a explorar los nuevos caminos que tenemos que recorrer para encarnarlo en nuestro mundo y en nuestra Iglesia de hoy. De la mano de la carta que san Eugenio escribió desde Roma a sus compañeros el 18 de febrero de 1826[1] para anunciar la aprobación Pontificia de la Sociedad, propongo algunas reflexiones en torno a tres verbos que nos ayuden a traspasar el umbral jubilar hacia nuestro tercer centenario: reconocer, acoger y caminar.
1.- Reconocer. “Conozcan su dignidad”.
En 1826 nuestra sociedad era “pequeña, pobre y modesta… siendo, en cierto modo, abortos por nuestra debilidad y por nuestro escaso número”, según nuestro Fundador. Parece que nadie en Roma apostaba por la aprobación papal por lo que al obtenerla todos pensaron que era un milagro. San Eugenio así lo interpreta señalando que a pesar de ser la sociedad más pequeña “no por eso tenemos en la Iglesia una existencia inferior a la de los más célebres cuerpos y de las sociedades más santas. Ya estamos constituidos.…” y por eso exhorta a sus compañeros: “conozcan su dignidad”.
Para conocer nuestra dignidad tenemos que reconocer el paso de Dios en nuestra historia. Reconozcamos su acción en tantas realidades misioneras que nos han merecido el calificativo de especialistas en misiones difíciles. Reconozcamos su paso en aquellos que han vivido el carisma en olor de santidad. Junto a nuestro santo fundador, reconozcamos a los otros treinta hermanos que han sido beatificados y junto a ellos dos laicos beatos asociados al carisma en el martirio. Además de ellos, ¡cuántos miembros de nuestra familia carismática han sido instrumento de la gracia de Dios en nuestras vidas! ¡Cuántos lo han vivido heroicamente! Necesitamos conocer y reconocer sus historias y dejarnos inspirar por ellos. Cada comunidad local está invitada a hacer memoria agradecida de todos ellos.
Reconocer nuestra dignidad exige preservar nuestra memoria colectiva y buscar los mejores medios para que el paso de Dios no caiga en el olvido. Renuevo el llamamiento para que cada comunidad local escriba su codex historicus y cada Unidad custodie adecuadamente sus archivos históricos. Invito a todos a colaborar con los que se dedican a la tarea de preservar nuestra memoria. Igualmente invito a estudiar y publicar todo aquello que nos ayude a actualizar el carisma.
Reconozcamos también que en el libro de nuestra historia hay páginas que lamentamos. No siempre hemos respondido con generosidad a la maravillosa vocación que Dios nos ha dado. No siempre hemos sabido respetar la cultura de los pueblos y de los pobres a los que hemos sido enviados. Algunos se han podido ver confundidos e incluso escandalizados por nuestra falta de coherencia con la vida que hemos prometido llevar. Sentimos con dolor y vergüenza que hemos podido hacer daño, sobre todo a los más débiles y vulnerables y pedimos perdón. Reconocemos que necesitamos ser sanados y queremos encontrar los caminos que nos lleven a una verdadera reconciliación desde la verdad, la justicia y la integridad. Queremos expresar nuestro deseo de continuar peregrinando y nos comprometemos a recorrer las sendas que nos hagan vivir nuestro carisma con mayor coherencia y rectitud.
Ojalá que todos podamos celebrar el bicentenario reconociendo y agradeciendo el paso de Dios por nuestra historia. Renuevo mi invitación a hacerlo en las comunidades locales donde se puede concretizar nuestra acción de gracias a Dios y nuestra petición de perdón. Que estas celebraciones nos ayuden a traspasar el umbral del segundo al tercer centenario con un corazón renovado.
2.- Acoger, “no son bagatelas”
“La conclusión que debemos sacar, mis queridos amigos y buenos hermanos, es … que tenemos que adherirnos de corazón y de alma a nuestras Reglas y practicar con más exactitud lo que nos prescriben”, escribía nuestro Fundador.
La Iglesia ha confirmado con su autoridad nuestra identidad expresada en las Constituciones y Reglas. “No son bagatelas”, son importantes para nosotros. Son nuestra manera de vivir y anunciar el Evangelio. Son un don de Dios. Celebrar el bicentenario es acoger el don de las CC y RR adhiriéndonos a ellas. San Eugenio escribía que para ello habría que “repetir el noviciado”. Al menos podríamos esforzarnos en nuestra formación permanente para adherirnos de corazón y de alma a nuestra vocación. Las mismas CC y RR nos invitan a evaluar nuestra respuesta al don recibido a su luz para poder crecer y florecer desde nuestras raíces. La mejor manera de celebrar nuestro bicentenario es “practicar” en nuestro contexto particular nuestro libro de vida.
Acojamos con alegría que nuestro carisma se ha expandido más allá de los límites de nuestro Instituto. Asociaciones de laicos y otros Institutos o Asociaciones de consagradas y consagrados se reconocen en nuestro carisma. Demos gracias a Dios por ello. Estamos llamados a acoger de corazón y con toda nuestra alma esta obra de la providencia de Dios que expande el carisma a otras formas de vida cristiana. Incluso se expande de alguna forma entre algunos que profesan otras religiones. Celebremos y acojamos como familia carismática la acción del Espíritu y guiados por Él discernamos juntos cómo hacer que nuestro carisma brille más en el mundo y en la Iglesia.
Acoger que el carisma es un regalo de Dios nos mueve a trabajar con más pasión y eficacia por el cultivo de nuevas vocaciones para todas las formas de vida carismática. También debemos ayudarnos mutuamente a formarnos en el carisma que nos anima para poder servir juntos en la misión con los pobres. Invito a todos a renovar nuestra pastoral vocacional y nuestros recorridos formativos desde esta perspectiva. Hago un llamamiento específico para promover y cuidar las vocaciones de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada que es desde el principio el cuerpo eclesial histórico en el que el carisma se ha canalizado hasta nuestros días.
3.- Caminar, con nuevo ardor.
“La conclusión que debemos sacar, mis queridos amigos y buenos hermanos, es que tenemos que trabajar con nuevo ardor y con una dedicación todavía más absoluta por procurar a Dios toda la gloria que dependa de nosotros, y a las almas de nuestros prójimos la salvación por todos los medios que podamos…”
El 37º Capítulo general nos invita a ser peregrinos de esperanza en comunión. El peregrino descubre su propia identidad caminando, una identidad que Dios va revelando a través de la creación, la historia y las personas que va encontrando. El peregrino se hace vulnerable, necesitado de ayuda y de compañía para avanzar por caminos para él desconocidos. Caminemos con nuevo ardor como familia, con la Iglesia y con los pobres.
Caminar como familia. Ahora quisiera dirigirme a los oblatos consagrados con votos religiosos para animarles a caminar por la senda de la interdependencia y la interculturalidad. Estas llamadas del 37º Capítulo general son en el fondo una invitación a estrechar los lazos de comunión entre nosotros. La comunión nace de la común llamada de Dios a vivir como Oblatos, esto es, como religiosos y misioneros que viven en comunidad siguiendo las CC y RR. Nuestras estructuras y nuestra formación están el servicio de esta comunión misionera y sirven para custodiar nuestra identidad. Los procesos de restructuración son en este sentido una llamada a la conversión. En muchos casos son además una oportunidad para mostrar proféticamente a nuestras sociedades que es posible harmonizar nuestra diversidad para vivir juntos el ideal del Evangelio. Invito a todos a ser generosos e implicarse en los procesos de reconfiguración de nuestro Instituto sin dejarnos atrapar por intereses particulares o de grupo, sino mirando al bien común y pensando en cómo afrontar más evangélicamente el tercer centenario de nuestra historia.
Para entregarnos con más ardor y dedicación tenemos que discernir seriamente delante de Dios lo que cada uno puede hacer por el bien de nuestra familia. Quizás para algunos de nosotros eso significará ofrecerse para hacer crecer la interculturalidad en otra Unidad o Región. Para otros será perseverar con mayor entrega en el lugar asignado o en la formación o en la administración. No se trata de hacer “experiencias” misioneras, sino de ofrecer la vida entera, como lo han hecho los que nos han precedido. Como una única familia busquemos los mecanismos más apropiados para intercambiar personal en una dinámica generadora de renovación de nuestra vida religiosa, comunitaria y misionera. Empeñémonos en caminar junto a las otras realidades de nuestra familia carismática.
Caminar con la Iglesia: Para caminar siguiendo a Jesucristo tenemos que escuchar en la Iglesia las necesidades de salvación de los pobres. Ciertamente esto se hace en cada Iglesia particular a la vez que estamos atentos para acoger la voz de los sucesores de Pedro. Así lo hicieron nuestros primeros padres y las sucesivas generaciones de oblatos que, obedientes a las indicaciones de los papas, se abrieron con generosidad a nuevos ministerios y nuevos territorios misioneros. Dentro de pocos días el papa León XIV nos recibirá en audiencia. Además de poder expresar nuestra comunión eclesial, será una ocasión para escucharlo y acoger su mensaje. En su magisterio ya hay muchos elementos que retan positivamente nuestras vidas como religiosos y misioneros de los pobres. Discernamos todos cómo podemos caminar sinodalmente con la Iglesia y con el papa con nuevo ardor y una dedicación más absoluta.
Caminar con los pobres: Hemos nacido para anunciar la Buena noticia a los pobres. Los doscientos años pasados nos enseñan que cuando hemos sido fieles a esta misión, Dios no ha dejado de bendecirnos. Invito a cada miembro de nuestra familia religiosa a discernir cómo podemos trabajar “con nuevo ardor y con una dedicación todavía más absoluta por procurar a Dios toda la gloria que dependa de nosotros, y a las almas de nuestros prójimos la salvación por todos los medios que podamos”.
Un nuevo ardor y una dedicación más absoluta es imposible sin una auténtica conversión misionera y esta es un don del Señor que tenemos que pedir con humildad. El celo apostólico se expresa en nuestra oblación que está enraizada en el encuentro personal con Dios cuya presencia buscamos en la oración, en la Palabra, en los sacramentos, así como en el corazón de los hombres y en los acontecimientos cotidianos. Entreguémonos con mayor generosidad a cultivar esta búsqueda. Nuestras CC y RR hablan de tener una relación íntima con Jesucristo y con los pobres. El papa León XIV nos recuerda que la cuestión de los pobres conduce a lo esencial de nuestra fe y nos invita a escuchar sus gritos, a sentirlos como propia carne, a ponerlos en el centro, a caminar con ellos, a hacerlos protagonistas del cambio por un mundo más justo, a dejarnos evangelizar por ellos. Nuestro amor a los pobres garantiza nuestra fidelidad evangélica al corazón de Dios. Caminemos con nuevo ardor con los pobres.
Como misioneros, tenemos que arriesgarnos para abrir nuevos caminos para anunciar a Jesucristo en nuestros contextos particulares. Para ello tenemos que evaluar si nuestros ministerios están respondiendo a las necesidades de evangelización de los pobres de hoy. En algunas ocasiones esta evaluación nos llevará a situarnos en otros lugares, emprender nuevos ministerios o realizar los tradicionales de una manera nueva. Discernamos cómo responder con más ardor a los nuevos rostros de los pobres. Hoy la Iglesia nos invita a responder globalmente al reto de las migraciones, a ser constructores de una paz desarmada y desarmante, a aventurarnos en el continente digital y las nuevas tecnologías para anunciar el Evangelio. Otros llamamientos hemos escuchado en los últimos Capítulos generales. Inmenso es el campo misionero y no todo podemos abarcar. Pienso que ha llegado el momento de discernir como cuerpo apostólico para coordinarnos en torno a algunas prioridades misioneras que en nuestros días están necesitando una respuesta global más eficaz.
Invito a cada Unidad a marcar el bicentenario con algún gesto concreto en favor de los más pobres, aunque tengamos que arriesgar nuestros recursos. Como signo concreto global, abriremos en este año nuevas misiones en nuevos países respondiendo a las llamadas de la Iglesia para servir a los pobres. Damos gracias a todos los que se han empeñado con audacia para hacerlo posible.
4.- Con nuestra madre María, seamos santos.
Al concluir esta carta dejamos resonar de nuevo las palabras escritas por san Eugenio hace 200 años: “… cuidad de no deshonrar nunca a vuestra Madre que acaba de ser colocada en un trono y reconocida como Reina en la casa del Esposo, cuya gracia la hará fecunda para que engendre gran número de hijos, si somos fieles y no atraemos sobre ella una vergonzosa esterilidad por nuestras prevaricaciones. En nombre de Dios, seamos santos”
El Fundador conecta el nombre de María, la fecundidad de nuestra Congregación y nuestra vida de santidad. Para ser fecundos hay que ser santos como María. Ella es ese modelo de santidad cotidiana porque camina con los discípulos siguiendo a Jesús hasta la cruz. María sabe generar vida eclesial entre los testigos del Resucitado siendo a la vez madre de la humanidad que está en camino de su reconciliación definitiva en el amor. Ella se consagró enteramente a la persona y a la obra del Salvador, recibiéndolo para dárselo al mundo. Estamos llamados a caminar prolongando su santidad sencilla, su humildad sirviente, su caridad fecunda, su protección maternal hacia los más vulnerables, su alabanza profética.
Damos gracias a Dios por el lugar especial que María ocupa en nuestra familia. Ella nos protege y vive con nosotros nuestras alegrías y sufrimientos misioneros. Como Madre de misericordia nos enseña a ser misericordiosos y a acoger la misericordia de Dios. Es modelo y salvaguarda de nuestra vida y nuestra fe. Portar su nombre es motivo de orgullo y de esperanza porque ella es signo de la victoria definitiva de Dios sobre el mal. Su presencia amorosa nos anima a intentarlo todo para vivir y anunciar la alegría del Evangelio. Honramos su nombre al intentar hacer de nuestras vidas un cántico profético de alabanza que anuncia la misericordia y la justicia de Dios para los más pobres.
Hoy como ayer, en nombre de Dios, seamos santos como María.
Les deseo una feliz celebración, la gracia de la renovación en nuestro carisma y un buen camino como peregrinos de esperanza en comunión en el tercer centenario que acabamos de comenzar.
Vuestro hermano
Luis Ignacio Rois Alonso, OMI
Superior general
Roma, 17 de febrero de 2026
[1] Todos los textos citados entre comillas provienen de la carta de Eugenio de Mazenod a Tempier el 18 de febrero de 2026. EO vol 7.
