Carta del Superior general en la celebración de la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de 2025.
Queridos Oblatos, hermanos y hermanas de nuestra familia carismática.
Celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de María dando gracias a Dios por las gracias recibidas durante el Año Santo Jubilar que nos ha hecho profundizar sobre nuestra identidad como peregrinos de esperanza. Hace 200 años nuestro Fundador viajó a Roma con la esperanza de obtener la aprobación pontificia de nuestro Instituto. Allí celebró el jubileo del Año Santo en 1825. Probablemente durante la novena de la Inmaculada recibió la inspiración de solicitar al papa el nombre definitivo de nuestro Instituto: Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Para san Eugenio, este nombre definía nuestra identidad en el seno de la Iglesia. La pequeña semilla que entonces aprobó el papa, es ahora un gran árbol que se ramifica como familia carismática esparcida por todo el mundo.
“Dondequiera que los lleve su ministerio, tratan de promover una devoción auténtica a la Virgen Inmaculada, que prefigura la victoria definitiva de Dios sobre el mal”. Leer hoy esta frase que concluye la Constitución 10 de nuestras Reglas nos desafía como misioneros. Nuestros días están marcadas por una degradación estremecedora que pone en peligro la existencia de la humanidad y del planeta. El 37º Capítulo general nos llama a “ofrecer esperanza a un mundo roto que sufre la guerra, la pobreza, la degradación de la creación” (PEC 10). Parece que en los últimos tres años el mundo se ha roto todavía más y a veces nos invade el desaliento ante la inmensidad de la empresa de poder frenar el mal que destruye la fraternidad universal querida por Dios. ¿Qué esperanza ofrecer ante las guerras que nos asolan? ¿qué esperanza ofrecer a los pobres? ¿qué esperanza para nuestra casa común?
Durante el Año Santo hemos estado ponderando cómo ofrecer signos concretos de esperanza. Jesucristo nos ofrece en las Bienaventuranzas un programa de vida evangélica que abre camino a la esperanza de ver un día un mundo renovado según el plan de Dios. En la C. 11 declaramos que queremos sembrar “las bienaventuranzas en el corazón del mundo”, es decir, aún a riesgo de ser perseguidos y de caminar contracorriente, sembrar dignidad donde hay pobreza, consuelo donde hay llanto, humildad donde hay soberbia, mansedumbre donde hay violencia, misericordia donde hay odio y pecado, limpieza de corazón donde el egocentrismo y el hedonismo oscurecen la presencia de Dios, la paz donde hay guerra, hambre y sed por la justicia humana y divina donde esta está ausente. Es justo que al terminar el año Jubilar nos preguntemos como personas individuales, como comunidad y como institución, si somos mejores sembradores de esperanza, mejores sembradores de las Bienaventuranzas.
María ilumina nuestra esperanza porque en ella se ha cumplido la promesa de Dios desde el momento de su concepción. Ella es modelo de respuesta al don de Dios por su docilidad al Espíritu y su humildad al ponerse al servicio del necesitado de manera concreta. María sigue a Jesús con perseverancia aún en el momento de la prueba y acompaña y comparte la cruz del Crucificado y de los crucificados. Ella sabe esperar contra toda esperanza cuando el mal parece haber vencido y persevera en la oración con los testigos del Resucitado. Su alabanza profética canta la misericordia de un Dios que ha decidido contar con los pobres para salvar a toda la humanidad.
Lo que Dios ha hecho en María lo está haciendo en nosotros. No solamente creemos que la victoria definitiva de Dios sobre el mal ocurrirá en el último día, sino que experimentamos que el Resucitado ya ha comenzado a vencer definitivamente sobre el mal, el pecado y la muerte. Él ha desencadenado esa energía que está trasformando todo para hacer un nuevo cielo y una nueva tierra en el que en Cristo, Dios sea todo en todos. En este sentido Jesús es la única y definitiva esperanza para el mundo y lo anunciamos, como María, a través de nuestro testimonio de vida y de nuestras acciones concretas cooperando con la acción del Espíritu Santo para adelantar esa trasformación que un día será definitiva.
Ante la venida inminente del Mesías, algunos cristianos de las primeras comunidades decidieron ocuparse mucho en hacer nada. Otros, sin embargo, trabajaron incansablemente, incluso dieron su vida, para anunciar la Buena Nueva hasta los extremos de su mundo conocido. La esperanza es el motor que alimenta nuestra oblación misionera que nos lleva a preparar la venida del Señor con todas nuestras fuerzas para que todos conozcan este misterio de plenitud de vida y participen en él. Ser portadores del nombre de la Inmaculada nos tiene que conducir a una mayor entrega. Nuestra tradición nos exige poner toda nuestra vida al servicio de la misión, sin ahorrar esfuerzos, inventando nuevas alternativas donde parece no haber salida. El Fundador nos pide con pasión en el Prefacio que “hay que intentarlo todo para dilatar el reino de Cristo, destruir el imperio del Mal, cerrar el paso a innumerables crímenes, difundir la estima y la práctica de todas las virtudes, llevar a los hombres a sentimientos humanos, luego cristianos, y ayudarles finalmente a hacerse santos”.
Al alba del bicentenario de nuestra aprobación pontificia esforcémonos por intentarlo todo para llevar a plenitud nuestra humanidad, viviendo el espíritu de las Bienaventuranzas y dejándonos trasformar del todo y en todo para convertirnos en esos signos de esperanza que, como María, anuncian, preparan y actualizan la victoria definitiva de Dios sobre el mal.
Este mes de diciembre peregrino por la Provincia Cruz del Sur que reúne a los miembros de nuestra familia de cuatro países: Chile, Paraguay, Uruguay y Argentina. En pocos días celebraremos el 100º aniversario de la presencia oblata en el Chaco Paraguayo. Me viene al corazón la oración compuesta por el Beato Cardenal Pironio, originariamente dirigida a Nuestra Señora de América, que yo adapto para rezar hoy con todos ustedes:
Virgen de la esperanza, Madre de los pobres, Señora de los que peregrinan: óyenos.
Hoy te pedimos por nuestro mundo, un mundo que tú visitas con los pies descalzos, ofreciéndole la riqueza del niño que aprietas en tus brazos. Un niño frágil, que nos hace fuertes. Un niño pobre, que nos hace ricos. Un niño esclavo, que nos hace libres.
Virgen de la esperanza, Oblatos despierten, despierte nuestro mundo.
Sobre nuestros cerros despunta la luz de una mañana nueva. Es el día de la salvación que ya se acerca. Sobre los pueblos que marchaban en tinieblas, ha brillado una gran Luz.
Esa luz es el Señor que tú nos diste, hace mucho, en Belén, a medianoche.
Queremos caminar en la esperanza. Madre de los pobres: hay mucha miseria entre nosotros. Falta el pan material en muchas casas. Falta el pan de la verdad en muchas mentes. Falta el pan del amor en muchos hombres. Falta el Pan del Señor en muchos pueblos.
Tú conoces la pobreza y la viviste. Danos el alma de pobres para ser felices. Alivia la miseria de los cuerpos y arranca del corazón de tantos hombres el egoísmo que empobrece.
Señora de los que peregrinan: Somos el Pueblo de Dios. Somos la Iglesia que peregrina hacia la Pascua. Que los Obispos tengan un corazón de padre. Que los sacerdotes sean los amigos de Dios para los hombres. Que los religiosos muestren la alegría anticipada del Reino de los Cielos. Que los laicos sean, ante el mundo, testigos del Señor resucitado. Y que caminemos juntos con todos los hombres compartiendo sus angustias y esperanzas.
Que los pueblos de nuestro mundo vayan avanzando hacia su liberación integral por los caminos de la paz en la justicia.
Nuestra Señora Inmaculada: ilumina nuestra esperanza, alivia nuestra pobreza, peregrina con nosotros hacia el Padre. Así sea.
Feliz fiesta de la Inmaculada
Vuestro hermano y peregrino de esperanza en comunión.
Buenos Aires, 8 de diciembre de 2025
Luis Ignacio Rois Alonso, OMI
Superior general
