Queridos jóvenes,
Gracias por acudir a Roma a celebrar el Jubileo de la juventud con el papa en este Año Santo. Gracias también por venir hoy a la Casa general como peregrinos de esperanza para celebrar nuestro carisma oblato. Quisiera saludar también a tantos jóvenes en todo el mundo que no han podido venir pero que se unen a esta celebración y a todos los oblatos que os acompañan.
Me han pedido que os dirija unas palabras para ayudaros a compartir en las reuniones de grupos que tendréis posteriormente. Quiero reflexionar con vosotros sobre lo que significa ser peregrinos de esperanza y lo haré desde la experiencia de san Eugenio de Mazenod y las reliquias que conservamos en la capilla de la Casa general y que habéis tenido ocasión de visitar esta mañana.
1. Jesús es nuestra esperanza
Probablemente todos conocéis el momento en que el Fundador se encuentra con Jesús crucificado. Eugenio de Mazenod, como todos ustedes, buscaba su lugar en la vida, su vocación, algo que le ayudara a ser feliz. También él experimentó el miedo, la desilusión y la confusión en esa búsqueda de sentido, Esto le hizo cambiar varias veces de perspectiva: casarse, emigrar de nuevo, un trabajo, el ejército… Muchas veces participó en las fiestas que organizaba para los jóvenes la sociedad de Aix. También participaba en la vida de la Iglesia y frecuentaba oraciones y sacramentos, incluso era voluntario en la cárcel de su ciudad para intentar mejorar la vida de los prisioneros. Pero todo esto no terminaba de llenar su corazón, sentía que le faltaba algo que diera pleno sentido a su vida y colmara su sed de felicidad.
Un viernes santo, ante la cruz de Jesús, pasa algo extraordinario que orientará su vida definitivamente. Él mismo nos lo cuenta: “He buscado la felicidad fuera de Dios y por demasiado tiempo, para mi desgracia. ¡Cuántas veces en mi vida pasada mi corazón desgarrado, atormentado, se lanzaba hacia su Dios de quien se había apartado! ¿Puedo olvidar aquellas lágrimas amargas que la vista de la Cruz hizo brotar de mis ojos un Viernes Santo? ¡Ay! salían del corazón y nada pudo detener su curso, eran demasiado abundantes para que pudiera ocultarlas a quienes como yo asistían a aquella ceremonia emocionante. Yo estaba en estado de pecado mortal y eso era precisamente lo que ocasionaba mi dolor. Pude entonces, como en alguna otra ocasión todavía, percibir la diferencia. Jamás mi alma quedó más satisfecha, jamás sintió más felicidad. He buscado, pues, la felicidad fuera de Dios y no he encontrado fuera de él más que aflicción y pesadumbre. Feliz, mil veces feliz de que ese Padre bondadoso, a pesar de mi indignidad, haya desplegado en mí la inmensa riqueza de sus misericordias. Al menos, que yo repare el tiempo perdido redoblando mi amor para con él. Que todas mis acciones, pensamientos, etc. vayan dirigidas a este fin. Qué ocupación más gloriosa que obrar en todo y por todo únicamente por Dios, amarle sobre todas las cosas, y amarle tanto más cuanto más he tardado en amarle”. (EO 15. Notas del retiro de diciembre de 1814. pp 89-90 edición en castellano)
En su encuentro con Jesús, Eugenio es mirado con misericordia y es perdonado. Él siente que su corazón se trasforma y ya solo quiere amar a Jesús, amar como ama Jesús y amar lo que ama Jesús. Decidirá hacerse sacerdote de los pobres para anunciarles la Buena nueva porque así lo hizo Jesús. Hasta el final de su vida el corazón de Eugenio rebosará de felicidad y alegría porque se ha dejado amar por Jesús y ha querido amar como Jesús. Habéis visitado en la capilla de la Casa general la reliquia de su corazón que nos recuerda la manera de amar de san Eugenio, a la manera de Jesús, con un corazón grande como el mundo. En el relicario está escrito su testamento: entre vosotros la caridad y fuera el celo misionero. Nos confía a nosotros seguir amando como nos ama Jesús, dando nuestras vidas para que otros conozcan ese amor.
Queridos jóvenes, Jesús y su amor crucificado es el que puede saciar vuestra sed de felicidad y dar sentido a todas vuestras búsquedas. Para nosotros los cristianos, la esperanza no es una idea ni un sentimiento. La esperanza es una persona, es Jesús, el Hijo de Dios, que nos ha amado hasta el extremo y nos ha salvado. Nadie nos ha amado como Jesús porque sólo Él ha vencido el pecado y la muerte, sólo Él tiene la llave de la auténtica felicidad, sólo Él es el que puede llenar tu corazón de alegría y de vida plena. Sólo cuando nos sentimos amados por Jesús sentimos que hemos encontrado lo que estábamos buscando. No le tengas miedo a Jesús, no le tengas miedo a su amor, no le tengas miedo a dejarte mirar y amar por Jesús crucificado. Verás como también tu corazón se trasformará, como ocurrió con san Eugenio. Jesús y solo Él es la esperanza que no defrauda. En el corazón de Jesús es donde se clava ese ancla que es la esperanza y que sujeta nuestra nave en medio de un mar enfurecido. Como san Eugenio, tenemos que abrazarnos a la cruz de Jesús sin soltarnos para poder atravesar todas las tormentas de nuestra vida.
Os invito hoy a rezar ante un crucifijo para dejarte mirar y encontrar por el amor de Jesús. Os invito a hacerlo quizás ante el corazón de san Eugenio para pedirle su intercesión y aprender como él a dejarse perdonar por Jesús que es rico en misericordia.
Para nuestro encuentro en el grupo podemos compartir cómo nos hemos encontrado con Jesús y si de verdad Él es nuestra única esperanza. ¿Cómo podemos amar y dejarnos amar más por Jesús para ser peregrinos de esperanza?
2. Misioneros de la esperanza
Habéis visitado en la capilla de la casa general el altar de los primeros votos de san Eugenio y Tempier. Poco después de comenzar la vida comunitaria en la casa de Aix y de predicar la primera misión en un pueblo de Provenza, los dos jóvenes sacerdotes pasan la noche del Jueves santo en oración. En ese contexto, ante el altar que habéis visto, hacen sus votos para vivir con más radicalidad el Evangelio y con la esperanza de que los otros compañeros descubran un día el valor de esa oblación ante Dios.
Nos lo cuenta así san Eugenio: “Mi intención, al consagrarme al ministerio de las misiones para trabajar ante todo en la formación y conversión de las almas más abandonadas, había sido imitar el ejemplo de los Apóstoles en su vida de entrega y de abnegación. Estaba convencido de que, para lograr los mismos resultados en nuestra predicación, había que seguir sus huellas y practicar las mismas virtudes en la medida que fuera posible. Por eso veía que era necesario comprometerse con los consejos evangélicos, a los que ellos habían sido tan fieles, para que nuestras palabras no quedaran, como lo tengo bien sabido, en lo que se quedaron las de tantos predicadores de las mismas verdades, o sea, en un metal que resuena y unos platillos que aturden. Mi idea fija fue siempre que nuestra reducida familia tenía que consagrarse a Dios y al servicio de la Iglesia mediante los votos religiosos. En resumidas cuentas, el P. Tempier y yo juzgamos que no había que aplazarlo más, y el jueves santo (11 de abril de 1816), recogidos los dos bajo el andamio del hermoso monumento que habíamos hecho en el altar mayor de la Iglesia de la misión, con un gozo indecible, hicimos los votos en la noche de ese santo día, … y pedimos a este divino Maestro que, si era su voluntad bendecir nuestra obra, hiciera comprender a nuestros compañeros y a los que en el futuro se nos asociaran, lo que vale esta oblación a Dios cuando se le quiere servir sin reservas y consagrar la vida a la propagación del santo Evangelio y a la conversión de las almas. Nuestros ruegos fueron oídos”. (Rambert I, 187-188. Selección de Estudios Oblatos n. 16, p. 20 edición castellano)
Con su oblación sellaron su compromiso de seguir a Jesús viviendo en comunidad para predicar el Evangelio a los más pobres. Hacen un pacto mutuo para comprometerse con Dios, con la comunidad y con la misión. Ellos saben que la primera predicación del Evangelio se hace, antes que con las palabras, con nuestra manera de vivir el Evangelio. Una manera de vivir que además nos llevará a la felicidad plena, nos llevará al cielo. La esperanza era para Eugenio y Tempier como un imán que atrae hacia el futuro, un imán que atrae porque sabe que Jesús cumplirá todas sus promesas y nos dará una vida en plenitud ahora y para siempre porque Él ya ha vencido a la muerte con su resurrección y nos ha prometido la vida eterna.
Jesús nos dijo que el que lo ama cumplirá sus palabras. Si amamos a Jesús tenemos que vivir de acuerdo con sus Palabras, tenemos que vivir según Evangelio. Jesús dijo también que quien vive sus palabras y cree en Él tendrá vida en plenitud. Como san Eugenio y sus primeros compañeros debemos comprometernos a vivir cada vez más según las enseñanzas de Jesús, vivir el espíritu de las Bienaventuranzas, vivir el mandamiento del Señor de amar como Él nos ha amado, anunciar el Evangelio a los más abandonados. Eugenio y Tempier lo hacen entregando su vida en oblación, haciendo sus votos ante Dios para vivir con más radicalidad el modo de vida de Jesús. Además, si nuestra esperanza es auténtica, no sólo debemos vivir como nos enseñó Jesús sino que también debemos comprometernos a anunciar su Evangelio, a ser misioneros de esperanza.
Queridos jóvenes que vivís vuestra vida bautismal siguiendo las huellas de Eugenio de Mazenod. Quizás el Señor os está invitando, en el contexto de este Jubileo, a comprometeros con más intensidad a vivir el Evangelio y manifestarlo a otros jóvenes como misioneros de esperanza. Os invito a comprometeros ante el Señor para vivir más radicalmente la vocación bautismal que también nos exige ser misioneros. Quizás podamos hacer una pequeña “oblación”, un pequeño pacto con Jesús ante el mismo altar en que lo hicieron Eugenio de Mazenod y Tempier. Pidamos al Espíritu Santo la audacia del compromiso para vivir el Evangelio con la intensidad que lo hicieron los primeros oblatos que fueron capaces de dejarlo todo para anunciárselo a los más pobres.
Podemos compartir en el grupo qué cosas deberíamos cambiar para poder vivir mejor el Evangelio y para anunciarlo. ¿A qué personas sientes que estás llamado a anunciar la esperanza de Jesús? Animémonos mutuamente a comprometernos para ser misioneros de esperanza.
3. María, Madre de la esperanza
La gran imagen de la Virgen Inmaculada de la capilla de la casa general es la que conocemos en nuestra familia carismática como la Virgen de la Sonrisa. Es la misma imagen ante la que el Fundador tuvo una experiencia de consolación en un momento difícil. El grupo de misioneros tenía muchas dificultades para desarrollarse y Eugenio dudaba: ¿sería su falta de generosidad o su falta de santidad un obstáculo? El 15 de agosto de 1822 la Virgen María regala a san Eugenio una gracia particular con la que aprende a mirar con esperanza.
Nos cuenta san Eugenio: “No había sentido desde hace tiempo tanta dicha al hablar de sus grandezas y animar a los cristianos a depositar en ella toda su confianza, como esta mañana en la instrucción de la Congregación (de jóvenes). Tengo la esperanza de haber sido comprendido, y esta tarde he creído ver que todos los fieles que frecuentan nuestra iglesia, han compartido el fervor que nos inspiraba la vista de la imagen de la Santísima Virgen, y más todavía, las gracias que nos alcanzaba de su divino Hijo, mientras la invocábamos con tanto afecto, me atrevo a decir, ya que es nuestra Madre. Creo también deberle un sentimiento particular que he sentido hoy, no digo precisamente más que nunca, pero ciertamente más que de ordinario. No lo definiré bien porque encierra varias cosas que se refieren sin embargo todas a un solo objetivo, nuestra querida Sociedad. Me parecía ver, tocar con el dedo, que encerraba el germen de muy grandes virtudes, que podría hacer un bien infinito; la encontraba buena, todo me gustaba en ella, amaba sus reglas, sus estatutos; su ministerio me parecía sublime, como lo es en efecto. Encontraba en su seno unos medios de salvación asegurados, hasta infalibles, del modo como se me presentaban…” (EO 6. Carta a Tempier 15 agosto 1822 p 94 edición castellana)
María aparece ante san Eugenio como madre. Una madre que le da esperanza y que le confirma en su vida cristiana y misionera, que confirma que la Congregación, a pesar de las dificultades, dará muchos frutos de santidad misionera. Lo hace con una sonrisa de madre. Con la misma sonrisa, María nos enseña también a nosotros que el camino de la santidad es el camino de la sencillez y la humildad, el camino de poner toda la confianza en Dios y en su misericordia, el camino de la respuesta generosa y pronta. El Sí de María nos enseña a vencer nuestros momentos de duda. En nuestros momentos de prueba podemos acudir a María porque ella es nuestra madre, madre de la esperanza, madre de la sonrisa. Ella nos ayudará a seguir peregrinando y a vencer en todas nuestras batallas contra el mal y el pecado. Ella nos ayudará a construir un mundo nuevo en el que reinen los humildes que siguen a Jesús y anuncian su Reino con su manera de actuar.
Podemos compartir en el grupo alguna experiencia en que hemos sentido la ayuda o la sonrisa de María que nos ha hecho mantener la esperanza en medio de la prueba. Propongo que terminemos nuestra reunión de grupo acudiendo a María y rezando algún misterio del rosario pidiendo por todos los jóvenes que participan en esta peregrinación.
Queridos jóvenes, en estos días peregrinaremos por Roma junto con otros jóvenes que han venido a celebrar el Jubileo y a escuchar al papa León XIV. Peregrinaremos como miembros de una familia carismática, unidos a san Eugenio y a tantos hombres y mujeres que han vivido el carisma en los últimos 200 años. Es un momento de gracia para todos, para nuestra familia carismática, para la Iglesia y para el mundo. También es un momento de gracia para vosotros, un momento para comprometerse a ser misioneros que anuncien el Evangelio a los más pobres, un momento para convertirnos en auténticos peregrinos de esperanza.
Pidamos la intercesión de nuestra Madre Inmaculada en la que Dios ya ha cumplido sus promesas, una promesa que también cumplirá en nosotros si permanecemos fieles. Pidamos también la intercesión de san Eugenio y de todos los Beatos oblatos y laicos de nuestra familia carismática que nos animan a seguir caminando para poder un día compartir su vida plena en el cielo. Pido que el Señor os de la gracia de experimentar su amor sin medida y que trasforme vuestros corazones para ser misioneros de esperanza que viven con alegría y radicalidad el Evangelio y lo anuncian a los más pobres.
Que el Señor os bendiga abundantemente.
Alabado sea Jesucristo y María Inmaculada.
Luis Ignacio Rois Alonso, OMI
Superior General
Roma, 29 de julio de 2025
